04 Sep 2020

Corregir al hermano es un acto de amor – Mons. Cristián Roncagliolo

El Evangelio de hoy nos recuerda un importante deber cristiano: la corrección fraterna. Como versa en el texto: “Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano” (Mt 18, 15). En lo hondo de esta exigencia cristiana está el amor a los hermanos y el imperativo de la salvación.

Pero claramente esta obra de amor es complicada y cuesta enfrentarla porque nos somete al riesgo del conflicto y de la tensión. Esto se hace aún más difícil porque en nuestra cultura tendemos a la omisión, a eludir los temas complicados e incluso a dar un aparente respaldo al que está mal, para no verse implicados en la compleja situación del conflicto que puede surgir al evidenciar el error. Esto va unido a la tendencia de ‘escenificar’ una aparente normalidad, de que todo anda bien, mientras las ‘termitas’ del rumor –porque igual se habla de lo que está mal, aunque no se enfrente a quien lo ocasiona– erosionan las relaciones y el flagelo de la pasividad –que es omisión– nos hace cómplices de quienes caminan al despeñadero. Cuántos padres de familia evitan enfrentar una situación equivocada de sus hijos, o cuántos jóvenes, engañados por un concepto falso de amistad, no hacen ver la verdad a sus amigos y son testigos pasivos de cómo ellos se arruinan su vida. Pero como la verdad ‘salta’, estos y otros flagelos suelen ir acompañados, solapadamente, por el pelambre y la crítica escondida que, como una ‘gangrena’, mata las relaciones, destruye la comunidad y siembra la hipocresía. Este drama profusamente extendido se ve en las familias, entre los amigos, en los trabajos y en tantos espacios de la convivencia nacional.

¿Cómo hacer concretamente la corrección fraterna? Como dice San Pablo, en la segunda  lectura del domingo, quien “ama a su prójimo no le hace daño; por eso amar es cumplir la ley entera” (Rom 13, 10). Por ello se ha de tener presente que la regla de oro que ha de regir la corrección fraterna es el amor. Cuando logramos tener certeza de que haremos la corrección movidos por el auténtico amor, hemos de avanzar asumiendo el riesgo de un conflicto, diciendo aquello que resulta necesario, aunque sea incómodo, haciéndolo con delicadeza, prudencia y sencillez, evitando que las palabras puedan herir y matar al hermano, porque lo que queremos es su salvación, su bienaventuranza. Y este acto ha de ser dominado, en todo momento, por la humildad de quien se reconoce pecador y que se dirige a su hermano desde la propia fragilidad.

Por ello me atrevo a afirmar que quien tiene un amigo que es capaz de corregirlo fraternalmente, siguiendo la regla del amor, ha encontrado un tesoro; y quien es capaz de dejarse corregir por el hermano, ha dado un paso enorme en su madurez humana y cristiana.  

Feliz Domingo.