07 Abr 2020

#USECteConecta: Pandemia, biblia y pensamiento – Eduardo Aninat

Eduardo Aninat |

Director de la Fundación Arturo López Pérez (FALP), ex director general de la Fundación UNIAPAC y ex ministro de Hacienda

Cuando en el mundo ya han muerto miles de personas, y cuando los contagiados superan vastas cifras inimaginables, por el coronavirus, ya en todas partes prácticamente, es bueno sentarse a reflexionar algunos minutos sobre el cambio en nuestras vidas, el mensaje implícito en este virus, y un nuevo orden humano esperamos.

Cito Hechos de los Apóstoles 28, al apóstol San Pablo. Decía él en uno de esos acápites: “Porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, con los oídos oyeron pesadamente y sus ojos han cerrado. Para que no vean con los ojos y oigan con los oídos, entiendan de corazón, se conviertan y yo los sane”.

Pues bien, en esa reflexión, simbólicamente, y haciendo un paralelo, uno descubre una parte, creo yo, humildemente, de los signos que significa este inesperado, mortal y cruento virus que se origina en China, pero que es hoy día una enfermedad mundial.

Es la enfermedad de nuestros tiempos, la que caracteriza a una posmodernidad histórica desordenada, aceleradísima, de una velocidad económica, financiera, productiva, de movilidad, de migraciones, de desafíos, como no habíamos visto en corto tiempo en la historia de la humanidad. Yo creo que veníamos en declive, como seres humanos civilizados, desde hace tiempo: sin darnos cuenta, imperceptiblemente, paso a paso. 

Y aquí hay un virus, una cosa extraña, virulenta, totalmente inesperada, que nos viene a corregir y, por lo menos, a abrir ojos, vista, corazón, espero. En mi opinión personal, y la quiero compartir con ustedes en la fe de Cristo, creo que esto, más bien que darme un temor escalofriante, o vergüenza, o duda, lo que me hace es pensar que con la ayuda de Dios, y volviendo a las Escrituras y sus símbolos, esto puede llegar a abrir de una manera insospechada y positiva, horizontes nuevos al hombre, a la mujer, a nuestros viejos, a nuestros niños. 

Porque estábamos alocados, estábamos todos con un frenesí, estábamos todos bajo un foco muy particular: el éxito, el “progreso” en lo económico, en lo social. El hacer, el hacer, y el hacer, descuidando, varias veces o en muchas ocasiones, el ser. El ser identitario, aquél que identificaron los clásicos, los griegos, toda la tradición latina y del oriente, y que en el fondo vuelve hacia nuestra alma, nuestro pensamiento, nuestro corazón y también, por cierto, nuestro cuerpo, las preguntas existenciales más grandes. Aquéllas que se hizo un Gabriel Marcel, o que se hizo Camus en su obra La Peste y otras. Y donde un humanismo, de algún modo, silenciado por el frenesí de la posmodernidad, nos había hecho estar olvidando. 

Creo que más que nunca debemos cerrar filas con aquellos que tienen responsabilidades muy pesadas en la conducción, como es el Papa, que nos dio una alocución solemne, magnífica, humilde y profunda, en el atrio del Vaticano y en la Iglesia. 

Volver a una sencillez, a una austeridad, practicarla desde ya, como lo estamos haciendo, y pensar en la solidaridad, la dignidad y el destino más trascendente del hombre para poder así renovar nuestra fe, elevar el espíritu y trabajar con otro ahínco, otro foco, otra condición, que pueda servir en la tarea cocreadora que nos ha mandado Jesús, el Señor.