Una inversión paradójica – P. Felipe Herrera
Los criterios insólitos de Jesús vuelven a sorprendernos en el Evangelio de este domingo. Tras anunciar que perdería su vida en manos de los dignatarios de Israel y que resucitaría al tercer día (algo que Pedro parece no escuchar), el Señor se ve obligado a reprender con fuerza a su apóstol más cercano. Él refutaba con vehemencia el anuncio de su Maestro y no acababa de comprender que la verdadera vida, la que nos comunica Dios, alcanza su plenitud cuando nos damos nosotros mismos, cuando nos hacemos ofrenda por y para los demás.
Por eso Jesús aprovecha la ocasión para plantear algo que escapa de la lógica humana, que no calza con el gran criterio que suele regir, no solo los mercados, sino muchas de nuestras relaciones sociales e interpersonales: la transacción. Porque a ojos humanos, el que pierde la vida, lo pierde absolutamente todo. Si doy la vida y no recibo nada a cambio, idealmente de modo inmediato, ¿qué gano, qué rentabilidad obtengo?
Para quien no tiene una visión de largo plazo con perspectiva de eternidad, el perder la vida es el fin de todo, el fracaso de cualquier inversión personal. Pero Jesús lo propone de modo opuesto: ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? Hay algo más valioso que la rentabilidad que nos ofrecen las inversiones del aquí y ahora, incluso a costa de la propia vida, pues nos aguarda una Eternidad de felicidad y comunión con Dios y con nuestros seres queridos. Y esa ganancia no se puede comprar ni transar, sino solo acogerla como invitación. Y esa acogida, en el corto plazo, implica vaciarse y darse a los demás, perdiéndose a sí mismo para que otros tengan vida y vida en abundancia. El rédito es a largo plazo: la Vida Eterna.
Esta inversión paradójica del perderse a sí mismo solo se comprende a la luz de la promesa del Señor: “El que pierda su vida a causa de mí, la encontrará”.
