02 Nov 2021

Subsidiaridad y solidaridad, siempre juntas – Francisco Jiménez

Con una elección presidencial y parlamentaria ad portas y un proceso constituyente entrando a su fase medular, estaremos decidiendo en estos meses el futuro del país. Desde esta tribuna hemos querido aportar una mirada que, desde la empresa, validada como actor relevante en la transformación social que todos buscamos, ilumine la reflexión sobre los principios que nos encaminan a la sociedad que queremos construir. En este sentido, nos parece que hoy debe ponerse suma atención y urgencia a la comprensión profunda de dos principios que deben estar en la discusión pública y que han probado su éxito cuando se utilizan de modo correcto. Nos referimos a la subsidiaridad y la solidaridad.

La subsidiaridad, entendida como el fomento de la libertad para que las personas puedan aportar soluciones desde los estamentos más pequeños de la sociedad y la empresa. Esta no solo es fuente de florecimiento humano y felicidad de sentirse verdaderamente útil, sino también la forma más eficiente y efectiva en la solución de problemas y desafíos, utilizando la creatividad e innovación. De esta manera, las empresas que distribuyen la toma de decisiones en todos sus estamentos, aplican este principio y obtienen mejores resultados, con mayor agilidad y motivación de sus colaboradores. Igual cosa sucede con el Estado y la sociedad. Se malentiende la subsidiaridad cuando se la ve como pérdida de poder o como fomento del individualismo puro; y se la aplica mal cuando se la utiliza para la búsqueda de beneficios personales de modo egoísta.

Aquí es donde aparece su complemento necesario, la solidaridad, comprendida como la preocupación de cada persona y de la sociedad, por el bien de todos y cada uno de sus integrantes. Así como en la empresa debe existir una genuina preocupación por cada uno de sus trabajadores y sus familias, el Estado debe procurar siempre el bienestar de todos los ciudadanos, particularmente los más vulnerables. La aplicación práctica de la solidaridad, produce felicidad en quien la impulsa y en quien recibe su beneficio. Por eso, se malentiende la solidaridad cuando se la ve como asistencialismo, al mismo tiempo que no se entiende la subsidiaridad cuando es vista como asistencia permanente que no permite a las personas y grupos que la reciben salir de la necesidad que los apremia o se usa con fines políticos.

La aplicación de estos principios, subsidiaridad y solidaridad, de forma conjunta es el camino para la construcción de la sociedad más justa y feliz que buscamos. El arte está en la forma, la oportunidad y proporción en que se utilicen, pero siempre deben ir juntas; de lo contrario sólo mantendremos la solución a medias: en vez de solidaridad tendremos asistencialismo estatal teñido de populismo y el clásico “paga Moya” del que es solidario con los recursos de otro y, en vez de subsidiariedad, nos quedaremos sin una vigorosa sociedad civil, que es lo que Chile más necesita en este momento. Esta no solo es tarea de políticos y jueces, también lo es en la empresa y en las organizaciones civiles. El mayor error sería ideologizar estos valores, asumiendo que la subsidiaridad es de derechas y la solidaridad de izquierdas.

No es así: se requieren ambas, fomentando y regulando debidamente su uso. Tal como lo dijera Monseñor Celestino Aós en su homilía del Te Deum este año, no queremos una sociedad individualista, queremos una sociedad personalista, que ponga a la persona en el centro, a todas las personas y a cada una de ellas. En USEC, Unión Social de Empresarios, Ejecutivos y Emprendedores Cristianos, fundada hace 73 años por San Alberto Hurtado, con los valores del humanismo cristiano, el amor a la patria y la fe, esperanza y caridad, pedimos al Espíritu Santo que nos ilumine en estos días y llamamos a todos a participar activamente de los procesos democráticos que se nos vienen, dejando de lado los prejuicios y fomentando siempre la paz y el respeto.

Publicación: Domingo 31 de octubre de 2021, en El Líbero.