Ponerlo al centro en todo – P. Carlos Irarrázaval
La semana pasada veíamos al Señor saliendo de las fronteras de Galilea yendo al país de Tiro y Sidón –tierra de no creyentes o paganos en teoría–, donde se nos narró el encuentro con una cananea, una que sin embargo creía que Jesús era el Cristo, el Mesías y Salvador, con más fuerza y radicalidad que muchos judíos de la época. Se nos invitó a ti y a mí a renovar nuestra fe en el Hijo de David, el Dios Vivo.
Hoy día la Iglesia nos regala este texto con un Jesús que, ya en Galilea –tierra de creyentes–, donde no lo reconocen. Muchos no creen que sea el Mesías, lo ven como un profeta o incluso como si Juan Bautista hubiera resucitado… Qué gran paradoja. Les pregunta a los suyos, que lo siguen adonde quiera que va, ¿quién dice la gente que soy? En el fondo te pregunta a ti y a mí hoy día, ¿para ti, quién soy?
Y tú en medio del quehacer de la empresa, del emprendimiento, en los quehaceres de la vida cotidiana, en medio de las cosas del mundo, ¿cómo contestarías esa pregunta? ¿Quién es Jesús para ti?: ¿es un socio?, ¿es un financista?, ¿es un cliente?, ¿es un jefe del proyecto?, ¿el presidente del directorio?, ¿el dueño de todo?… ¿Quién es?
Espero que para ti esta frase resuene todavía en tu corazón, y contestes fuerte y claro hoy día: “Jesús es el Señor de mi vida, mi Dios y mi Todo”. Te invito a que no hagas nada en tu vida familiar, en tu vida personal, ni tampoco en tu vida pública y en tu vida laboral como empresario o trabajador, sin ponerlo a Él al centro.
Pregúntaselo todo… ¿Señor, nos lanzamos?, ¿firmo esto Señor?; hay que terminar esto, ¿cómo lo hago Señor? Si hay que enfrentar el dolor de despedir a alguien, o cerrar una línea de producción y sabes que vas a dejar a gente sin trabajo… pregúntale, ¿cómo lo hago? O ¿a quién contrato? Tiene que ser tu Socio, tu consejero, la Luz que te ilumine para tomar las decisiones de la vida.
Obvio que con más fuerza aún le preguntarás cómo cuidar tu matrimonio o buscar la vocación de tu vida, o cómo educar y corregir a tus hijos y cuidar a tu familia, que sin duda está primero frente al trabajo. Nunca lo dejes afuera de tu vida. Ahí está la clave del cristiano, reconocerlo y ponerlo al centro en todo. Reconozcamos al Señor y démosle el lugar que le corresponde en nuestra vida diaria.
Gocemos en todo siendo servidores de este Señor a quien vale la pena siempre servir, para que no nos pase lo de San Francisco de Borja… mientras tenía que, por protocolo, reconocer y dar fe de que esos eran los restos de su querida Reina a la que había servido incansablemente –aunque ya estaban en avanzado estado de putrefacción–, dijo muy sentidamente, “nunca más servir a un señor que se me pueda morir”. Si vamos a “sacarnos la mugre” trabajando, que sea por alguien que valga la pena y para algo que valga la pena… que nunca sea para que después todo quede en nada en medio de este mundo pasajero.
Tú eres el Señor, nuestro Salvador y con nuestra vida y trabajo queremos mostrarte para que el mundo te conozca, te ame y te siga.
Dios los bendiga.
