30 Abr 2021

Permanecer en Cristo – Mons. Cristián Roncagliolo

Uno de los grandes desafíos hoy es que los creyentes permanezcan en Cristo. Las cifras indican que muchas personas se alejan de la fe o disminuyen su vinculación con la Iglesia. Algunos, quizás cautivados por el pensamiento dominante o por las ideologías de moda, entran en un invierno religioso, donde la fe se enfría o pierde la vitalidad de los orígenes. Otros, viven el ‘enfriamiento’ porque creen que haciendo cosas buenas están en el camino pero progresivamente pierden aquella razón religiosa que explica su obrar.   

Frente a este fenómeno, que va aparejado a la secularización, muchos reaccionan de maneras diversas. Tantas veces escuchamos: me desilusionó la Iglesia, la moral cristiana no me representa; o bien, en referencia a los hijos muchos dicen que el colegio no hizo su trabajo, que el sacerdote tal no respondió al ideal que se le pedía, etc. Sin desconocer la validez de estas causas, el problema de fondo que provoca el enfriamiento de la fe es el desarraigo de Cristo, que se traduce en que no permanecemos en él.

Ahora, en paralelo buscamos permanecer en otras cosas: en las seguridades económicas, en el confort desmedido, en las comodidades ‘intransables’ y en tantos estereotipos que los cuidamos como un tesoro e incluso en ellos pareciera que echamos raíces.

En este domingo la invitación del Evangelio es clara: el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante. En la medida en que estemos enraizados en Cristo nuestra fe será fecunda y nuestra vida luminosa. Por el contrario, si no aprendemos a vivir de un contacto más inmediato y apasionado con Jesús, la decadencia de nuestro cristianismo se puede convertir en una enfermedad mortal.

¿Cuál es el camino para echar estas raíces? Cultivar la fe, en el seno de la Iglesia y hacer del Evangelio la vida misma. Esto, llevado a un camino concreto requiere la frecuencia de los sacramentos, especialmente de la eucaristía; exige la lectura orante de la Palabra; necesita de la práctica de la caridad; y espera la irradiación de la fe recibida. 

En último término, como señala un lúcido autor, la fe en Jesucristo es la fuente más decisiva del vivir diario de todo cristiano. De su mensaje y de su espíritu extrae sentido, orientación, confianza, estímulo para vivir y crecer como ser humano. La llamada de Jesús que escucha en su interior no es una llamada entre otras, sino la que da sentido último a su vida. Quien toma en serio el evangelio y sigue de cerca a Cristo, cree en sus palabras: “El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante”.

Feliz Domingo.