01 Oct 2021

Para ponerlo a prueba – P. Felipe Herrera

Quienes se acercaban a Jesús, según nos enseña la Sagrada Escritura, lo hacían por diversos motivos. Había personas que sentían curiosidad por lo que oían decir de él, mientras que otros estaban cautivados por su enseñanza tan sencilla y profunda a la vez, presentada con compasión y autoridad. Un buen número iba tras él para encontrar la sanación de dolores y enfermedades, o la liberación de aflicciones que arrastraban por años. Pero también sabemos de aquellos que desconfiaban y querían desenmascarar a este rabbí que no les inspiraba confianza y, por ende, lo buscaban para ponerlo a prueba. A estos últimos los vemos en escena en el Evangelio de este domingo, planteando la cuestión del divorcio sin otro ánimo que el de someter a Jesús al escrutinio público. Pero ¿es del todo inconveniente cuestionar a Dios?

En efecto, una vida cristiana que busca crecer necesita un diálogo con Dios que cuestione las situaciones concretas de la vida, y una pregunta como la que le planteaban los fariseos podía ser relevante. El problema es que, como cuenta el evangelista Marcos, no había una recta intención en este modo de acercarse a Jesús, y Él, siendo sagaz con quienes se creían astutos, aprovechó la ocasión para ampliar los horizontes de comprensión del misterio de amor que tenía como misión revelarnos.

El acontecer de nuestras vidas en la actualidad reclama legítimos cuestionamientos ante Dios acerca de la injusticia, la violencia, la corrupción, el egoísmo y el desconcierto imperantes, y todo tanto a escala local como global. Es ineludible que, confrontándonos con la Palabra de Dios, busquemos discernir cómo responder cristianamente a los desafíos urgentes de estos tiempos, pero siempre como quienes se acercan a Dios no para desafiarlo y exigirle una respuesta que se adapte a nuestros criterios, sino con la humildad de quien aún no ha olvidado que Dios es infinitamente más grande y sabio que nosotros.

La clave para progresar en esto la hallamos en la segunda parte del relato de este domingo, en el cual Jesús presenta como modelos de acción a los niños, quienes más que poner a prueba a sus padres, se abandonan con total confianza a ellos, porque saben de su amor gratuito e incondicional. Esa es la relación que Dios desde el inicio quiso establecer con el género humano: confianza absoluta en Él. La historia de la salvación es un tira y afloja permanente entre un Dios que se ofrece todopoderoso y vulnerable, y una humanidad que, herida por el pecado, no se acaba de convencer de la bondad infinita de Aquel que los creó y los salvó. Y es que desde que Jesús murió por nosotros en la cruz, no podría haber prueba más grande y convincente de que tenemos un Dios que no se reserva nada para sí y, por ende, ya nos ha dado la máxima expresión de su amor. ¿Cómo no confiar en Él? ¿Para qué, entonces, ponerlo a prueba?