22 Jun 2023

Más que muchos pájaros… infinitamente más — P. Felipe Herrera

Jesús trae un mensaje que quiere que llegue a todos, que no es para una élite sofisticada ni para esnobistas religiosos, sino que ha de alcanzar los confines de la tierra. Por eso ya mucho antes de su resurrección, el Señor envía a sus apóstoles a predicar, y a todos quienes lo seguían les pide que aquello que Él les dice lo repitan en pleno día. Si bien la Palabra de Dios tiene un valor enorme cuando es meditada en la intimidad del corazón, esencialmente ella es para ser proclamada desde lo alto de las casas.

Ahora bien, esa instrucción de Jesús se traduce en una predicación que pasa más por el testimonio de vida que por la palabra proferida. Repetir a pleno día el mensaje cristiano que hemos recibido implica actuar conforme a nuestra fe en las cosas cotidianas y ordinarias, en el buen trato a los demás, en un salario justo para los trabajadores, en el pago de los impuestos, en la gestión honesta de los bienes, y en tantas otras actitudes que cimientan con solidez la sociedad.

Jamás nos debería dar vergüenza ser honrados mientras otros “se pasan de listos”, al contrario, nuestro Padre que ve en lo secreto nos recompensará. Pero, ojo, esto no se trata de andar haciendo aspavientos de nuestro comportamiento “impecable” (si es que algún día logramos tenerlo), sino simplemente en vivir como nos invita Aquel que profesamos como Dios y que reconocemos presente en los sacramentos de nuestra fe. Y que también necesariamente hemos de descubrir en cada hombre y en cada mujer.

Jesús dice a quienes lo escuchaban: “Ustedes valen más que muchos pájaros”. Pero evidentemente que no se lo decía sólo a ellos, sino que aludía a todo el género humano, a cada persona en concreto, cuyo valor es infinito. Y tal vez el modo más excelso de proclamar desde lo alto el mensaje de Jesús es cuidar el culmen de la Creación de su Padre: cada uno de nosotros, usted y yo.

Sí, el valor y la dignidad de cada persona han de ser custodiados por la sociedad, pero especialmente por nosotros los cristianos. Ese valor humano infinito nos lo ha enseñado la Palabra de Dios, pero lo hemos realmente conocido de modo concreto en el Amor de un Dios que nos amó hasta el extremo dando su vida por nosotros. Eso demuestra cuánto valemos para Él. Tenemos un valor cuyo único precio no es de mercado, sino que es el precio de la Sangre de Cristo, algo absolutamente gratuito que no se puede pagar y, por lo tanto, no se puede transar, ni comprar ni vender. Ese es nuestro mayor tesoro, y es allí donde debemos invertir.