Los desafíos de Juan Bautista – Mons. Juan Ignacio González
El arrepentimiento es una de las cosas más difíciles en la vida de una persona. Pero Juan el Bautista lo predica con fuerza y como algo necesario para alcanzar la vida eterna. Es una parte esencial del camino de conversión. «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; conviértanse y crean en la Buena Nueva» (Mc 1, 15). Pareciera que esta actitud es solo para las personas que creen, pero que no alcanza a quienes no conocen a Dios o viven como si no lo conocieran. Pero todo el caminar de una persona en esta tierra está hecho de constantes momentos de arrepentimiento.
La conversión nace del corazón, pero no se queda encerrada en el interior del hombre, sino que fructifica en obras externas, poniendo en juego a la persona entera, cuerpo y alma. Y debe llevar consigo, para que sea verdadero, el deseo serio de no volver a realizar aquello que ha contrariado la ley de Dios o el amor al prójimo y reparar los males que se hayan causado, hasta donde sea posible. Cuando nos acercamos a pedir perdón de nuestros pecados, «la absolución quita el pecado, pero no remedia todos los desórdenes que el pecado causó. Liberado del pecado, el pecador debe todavía recobrar la plena salud espiritual. Por tanto, debe hacer algo más para reparar sus pecados: debe satisfacer de manera apropiada o expiar sus pecados. Esta satisfacción se llama también penitencia».
Si, por ejemplo, no hay la más mínima intención de reparar el mal causado –y hay muchas maneras espirituales y materiales de hacerlo– esa conversión no es verdadera y aquello que carga nuestra conciencia permanece aún allí. El que no está dispuesto a reparar puede ser luego aherrojado por el remordimiento.
Ya se ve que el tema del arrepentimiento no es solo algo religioso. Es también algo social, algo necesario para la buena vida en común y la amistad cívica. Muchas veces ofendemos al prójimo y muchas también deberíamos saber pedir perdón y reparar el mal que hemos causado. En el orden social, económico, político, en la vida familiar, cometemos muchas injusticias de las que hay que arrepentirse, pedir perdón al afectado y reparar lo que esté en nuestras manos. Pero el arrepentimiento verdadero y lo que lleva consigo, no es una obra exclusivamente humana. No es un reajuste interior fruto de un fuerte dominio de sí mismo, que pone en juego todos los resortes del conocimiento propio y una serie de decisiones enérgicas. «La conversión es primeramente una obra de la gracia de Dios que hace volver a él nuestros corazones: “Conviértenos, Señor, y nos convertiremos” (Lm 5, 21). Dios es quien nos da la fuerza para comenzar de nuevo».
Este tiempo que estamos corriendo, llamado Adviento, espera del Señor, es tiempo de arrepentimiento. Que cada uno de nosotros se examine a sí mismo y al comprobar su propia debilidad, sus faltas de amor al prójimo, sus injusticias –pequeñas o grandes– sus infidelidades a sus compromisos, que se vuelva hacia Dios, que es Padre de la Misericordia y alcanzará de Él la fuerza para decir, aquello que tan bien expresó el hijo pródigo a su padre; “he pecado contra el cielo y contra ti, acéptame como uno de tus servidores”. Pero no fue así. Hubo fiesta en aquella casa, como la hay en los hijos de una nación que saben arrepentirse y reparar los males que cometemos.
