25 Sep 2020

Lo que cuentan son las obras, el compromiso – P. Hugo Tagle

En el evangelio de este domingo, Jesús provoca a sus oyentes con la parábola del padre y los dos hijos llamados a trabajar en su viña, muy semejante a la tensión que conocemos en la parábola del hijo pródigo: un “hijo justo” y otro pecador, pero arrepentido. El evangelio sigue la tónica de los últimos domingos, en que se pone de manifiesto que el Reino de Dios acontece en el ámbito de la misericordia. En las cosas de la fe se puede ceder a la tentación de sentirse “de los buenos y justos”, como si le hiciéramos un favor a Dios por “creer”, ser miembros de la Iglesia o asistir a misa. La parábola es una seria advertencia para engreídos y soberbios, que se sienten muy religiosos, pero solo cumplen formalmente lo que Dios pide, sin un cambio real del corazón. La parábola nos recuerda la advertencia de Jesús: “No el que me dice: «Señor, Señor», entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mt 7,21).

Lo que cuenta son las obras, el compromiso. El acento está colocado en el arrepentimiento y la consecuente buena acción. Jesús se vuelve duramente contra la hipocresía, doble estándar, acomodo de la fe a nuestro gusto, sin que ella cambie la vida ni las acciones personales.

Los dos hijos corresponden a dos categorías de personas: las que quizá hablan de lo religioso, de Dios pero en el fondo su corazón no cambia, no se inmutan, no se abren a la gracia. Probablemente tienen religión, pero no auténtica fe. Por eso, por ley de contrastes, la parábola está contada con toda intencionalidad y va dirigida, muy especialmente, contra los primeros.

Pero a su vez, Jesús considera y alienta a aquellos que, quizá lejos de Dios, incluso habiéndose negado a la fe primeramente, se dejan llenar al final por la Gracia. Y esto mismo sirve para desenmascarar a los que son como el hijo que dice que sí y después hace su propia voluntad, no la del padre.

Jesús utiliza dos ejemplos de personas pecadoras, alejadas de lo que se piensa es el seguimiento de Dios: publicanos y prostitutas. Justamente, en quienes menos se espera, hay posibilidad de conversión; ésta acontece, ya que muchas veces son los más alejados y pecadores, los más abiertos a la gracia, porque están más conscientes de la necesidad de perdón y misericordia.

La conversión es una tarea permanente. Lo que cuenta para Dios es la capacidad de volverse a Él y convertirse. Y así, experimentar su misericordia.

Este Domingo 27 es último domingo de septiembre, día de oración por Chile. Consagremos la patria a la Virgen del Carmen.