La viga en el propio ojo – Mons. Cristián Roncagliolo
En el evangelio de este domingo se nos recuerda un defecto persistente en el corazón de muchos: la excesiva preocupación por los los defectos o debilidades de los demás y el consiguiente juicio que, como una verdadera termita, corroe la vida. Como un verdadero deporte nacional vemos con inusitada facilidad los errores y caídas de los otros y hacemos profusa difusión de los mismos, sin detenernos en reconocer nuestras propias fragilidades.
El punto en cuestión no es invisibilizar el error del prójimo o desconocerlo o relativizarlo fundados en una moral laxa propia del ‘pasa pasa’. Por el contrario, lo que está en cuestión es que el modo cómo abordamos la fragilidad del hermano parte del principio de que somos pecadores en camino de conversión y que, por lo tanto, cuando nos aproximamos al error del hermano lo hacemos de pecador a pecador.
¿Porqué es tan importante mirar la ‘viga’ que hay en el propio ojo antes de mirar la del hermano? La respuesta es simple… nos obliga a crecer en empatía, en misericordia, para así evitar el juicio destructivo y poner el empeño en lo que es realmente importante: que el hermano salga adelante, se convierta y viva. Mirar la propia ‘viga’ nos ayuda a situarnos en la realidad de que no somos perfectos, que somos frágiles y que todos, sin excepción necesitamos conversión.
Sostenidos en este Evangelio se nos abre la oportunidad de aprender a evitar el juicio, que tanto hiere, a pulir las palabras ‘afiladas’ y a vivir la misericordia, la cual no es un relato o una poesía, sino que es la vida misma de los cristianos que ha de hacerse carne y sangre en el amor al prójimo.
No puedo concluir sin hacer visible un problema. Vivimos en la sociedad de la paradoja: por un lado se exige a otros lo que muchas veces no es posible cumplir, con altos estándares de probidad, casi imponiendo un modo religioso de vivir; pero, al mismo tiempo, se da la paradoja de que se reprocha con violencia lo que la misma cultura promueve. La sociedad del consumo, el hedonismo, la violencia, el lucro desmedido, la droga o el alcoholismo, por decir algunos ejemplos, sumergen a personas en atmósferas de destrucción, muy criticadas en el discurso público pero, paradojalmente, muy institucionalizadas y promovidas en las vidas privadas.
En una palabra, el evangelio de hoy es una preciosa invitación a ser misericordiosos.

