La “carta de navegación” de todo cristiano – P. Hugo Tagle
En este domingo, continuamos reflexionando en torno al Evangelio de San Lucas. Ya al inicio de su predicación, Jesús presenta la “carta de navegación” de todo cristiano: las bienaventuranzas. Ellas y el Padrenuestro son los pilares de la vida de los hombres y mujeres de fe.
Las bienaventuranzas de Lucas solo son cuatro, con otras tantas advertencias. Declara dichosos a los pobres, los hambrientos, los que ahora lloran y, en cuarto lugar, a los rechazados por ser cristianos.
Jesús advierte a los que están enceguecidos por los bienes materiales no por tener en sí, sino por ser su única posesión la riqueza, dejándose llevar por ella, de modo que sus pertenencias (muchas o pocas) le impiden buscar el reino de Dios y seguir a Cristo. El problema no está en las cosas en sí sino en el apego. ¡Qué difícil es atesorar sin poner en ello nuestro corazón! Es un asunto clave. No en vano, el tema del dinero y la riqueza ocupa en el evangelio más espacio que otros asuntos más ‘piadosos’, como la oración. El manejo del dinero, el uso de los bienes, son el botón de muestra de las prioridades en el amor.
Jesús no pretende que pasemos necesidad, sino que seamos libres ante los bienes materiales y generosos en compartirlos. No podemos servir a dos señores, Dios y el dinero. Es cuestión de actitud, no de cifras en la cuenta bancaria. Los hay con poco actuando como ricos, es decir, esclavos de sus minucias. Y los hay ricos desapegados, humildes y generosos. Saben que su fortaleza no reside en lo que tienen, sino en lo que son. No es cuestión de cuánto se tiene, sino de cómo se posee; de quién posee a quién, si nosotros al dinero o al revés.
Las dos siguientes advertencias –a los saciados y los que ríen–, no son ajenas a la primera. Se trata de quienes se satisfacen con los placeres efímeros y hacen de ellos el contenido de su vida. Ríen porque lo disfrutan y con eso les basta. Se nos advierte frente al exceso, que nos separa de Dios y los demás.
El texto evangélico nos invita a una aspiración a la felicidad que no termina en esta vida, sino mirando a la eternidad. Se disfruta más de los bienes de la tierra cuando se comparten, se lucha por un mundo más justo y fraterno. Las bienaventuranzas son don y tarea; ejercicio de la caridad que Cristo pide. Se trata de hacer el bien, sabiendo que no somos del mundo (Jn 15, 9).
Nos hacemos pobres con nuestras riquezas, logrando la saciedad más en el dar que en el poseer. Así vivimos la vida en plenitud. No es más rico quien más tiene, sino quien menos necesita, que solo Uno basta, que a quien Dios tiene, nada le falta.

