Jesús cura nuestras heridas – P. Hugo Tagle
Celebramos el segundo domingo de febrero. En Chile, un mes asociado con vacaciones veraniegas para una parte de la población. Vivimos no solo la pandemia sino calamidades como una lluvia sorpresiva y dañina, que viene a confirmar que esto del cambio climático es real. Deberemos acostumbrarnos más a eventos como éste.
A la luz del Evangelio, nos preguntamos qué nos quiere decir Dios con tantos acontecimientos difíciles de entender.
Lo que estamos viviendo nos desconcierta. El misterio del dolor nos choca, parece desmentir cualquier sentido que se le quiera dar a la existencia, haciendo patente un vacío desgarrador y una sensación de impotencia que nos paraliza. No dominamos la naturaleza y ella nos sorprende cada día más. Muchos se han preguntado en este tiempo ¿Dónde está Dios? ¿Por qué calla ante esta peste, miseria y pesadumbre? Pero Jesús nos trae palabras de consuelo y esperanza. El conoce nuestras aflicciones. Está atento a ellas. Tiene una especial sensibilidad ante todo aquel que sufre. Así se revela en el pasaje del evangelio de este domingo, en que el Señor cura a la suegra de Pedro y junto a ella, a muchos otros enfermos y desvalidos. Jesús comienza su vida pública “haciendo el bien”, curando y regalando consuelo y esperanza. Luego, iniciaría su predicación. Pero primero estuvo la acción servicial y a partir de ahí, la enseñanza. De un maestro, como era Jesús, no se esperaba que se fijara en una viuda, mujer y enferma. Y Él, contra todo pronóstico, lo hace.
Jesús entiende su vida como un servicio a la vida, regalando esperanza y bien. Su predicación y su actuación sanan, liberan, ofrecen un horizonte humanizador. Y es una tarea que ha de llegar a todos. El evangelio no teoriza sobre el mal. Se nos presenta como un gran misterio. Pero Jesús busca repararlo, sanarlo y lo hace. A través de esa acción muestra a un Dios encarnado que solidariza y se compadece del ser humano; un Dios que, en Jesús, lo ha experimentado y que lo combate.
Un segundo punto del Evangelio de hoy es el lugar donde Jesús busca la gracia para su tarea: “Se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar”. Nos alienta con este ejemplo a hacer lo mismo: recurrir siempre de nuevo a la gracia de Dios que nos espera y que se nos quiere regalar cuando la pedimos. Él solidariza con nuestras miserias, con los enfermos, los pobres, los marginados y actúa a través nuestro, “sanando males”.
Busquemos en este tiempo la oportunidad de “curar heridas”. Dios sale a nuestro encuentro en la persona del desvalido, solo y menospreciado. Como Jesús, estemos atentos a su presencia cotidiana en tantas personas que nos necesitan.

