16 Ene 2021

Experimentar a Dios en lo cotidiano – Mons. Cristián Roncagliolo

En el Evangelio de este Domingo Jesús hace una pregunta interpelante a quienes lo siguen: ¿Qué buscan? La pregunta es honda porque los discípulos quieren conocerlo, saber donde vive, tener una experiencia con Él.

Benedicto XVI, y reiteradamente Francisco, nos han insistido en que no se comienza a ser cristiano por una decisión ética ni por una gran doctrina sino por el encuentro con una persona que cambia la vida y le da un nuevo sentido a la existencia. En efecto, el ser cristiano no brota de una sala de clases ni de un aprendizaje de conceptos (sin negar que la fe también requiere formación consistente); ser cristiano brota de un acontecimiento, de una relación, de una vida vinculada a un otro que le da sentido a la misma.

Por ello es que ser cristiano requiere del contacto con el Señor en la oración y en los sacramentos; pero también de la experiencia de Dios en lo cotidiano de la vida, para ser capaz de abrir el corazón y leer los signos de Dios en la historia.

Buena parte de la galopante secularización que tenemos tiene sus raíces en que recluímos la fe a lo ritual, a las actividades, a las doctrinas, a los conceptos pero perdimos la vitalidad que implica el estar y aprender del Señor en el seguimiento, que es el contacto familiar con su amor en acto. No podemos soslayar que los primeros discípulos aprendieron de Jesús por sus palabras, sin duda, pero sobre todo porque vivían la experiencia vital de estar con él, de verlo, escucharlo, contemplarlo o simplemente acompañarlo en su silencio.

La segunda intervención de Jesús da cuenta de lo señalado: “venga y vean”. Jesús no los invita a estudiar ni a memorizar, no los invita a hacer ni a emprender proyectos; los invita a estar con él porque en esa experiencia la fe se vuelve acontecimiento, se hace historia y cambia la vida.