Con Cristo todo se transforma – P. Hugo Tagle
Desde el año 2000, por petición del Papa Juan Pablo II, el IIº Domingo de Pascua se conoce y celebra como el “Domingo de la Divina Misericordia”.
En este segundo domingo, comienza el tiempo pascual hasta Pentecostés. 50 días para profundizar en esa vida y dignidad nueva que tenemos todos los bautizados. La invitación es a vivir intensamente esta cincuentena y preparémonos para que Pentecostés sea la renovación de nuestro bautismo y confirmación como personas y comunidades.
Lo primero que dice Jesús tras su resurrección es: “¡La paz sea con ustedes!”, invitándonos a todos a ser gestores de paz. Jesús consuela con paciencia los corazones desanimados de los apóstoles. En santo Tomás, el incrédulo, nos vemos reflejados todos de una u otra manera. Cuando pasamos por situaciones de tristeza, duda, aflicción, rabia. Pero con Cristo, todo se transforma. De este modo realiza, después de su resurrección, la “resurrección de los discípulos”. Y ellos, reanimados por Jesús, cambian de vida. Jesús los vuelve a levantar con misericordia y ellos, transformados, se vuelven a su vez, misericordiosos. Quien es consciente de la misericordia de Dios, debe a su vez mirar y actuar de la misma manera.
Los discípulos desalentados son reconciliados consigo mismos. Como dice el Papa Francisco: “La paz de Jesús los hace pasar del remordimiento a la misión”. En efecto, la paz de Jesús suscita la misión. No es tranquilidad, no es comodidad, es salir de sí mismo.
En segundo lugar, Jesús les da el Espíritu Santo y poder para la remisión de los pecados (cf. vv. 22-23). El pecado atormenta, el mal tiene su precio. Sólo Dios lo quita, sólo Él con su misericordia nos hace salir de nuestras miserias más profundas. Como aquellos discípulos, necesitamos dejarnos perdonar, decir desde lo profundo del corazón: “Perdón Señor”. La invitación es a abrir el corazón para dejarse perdonar.
En la experiencia de la misericordia divina, los discípulos comprendieron que, llevar el mensaje de Cristo, es predicar con un corazón misericordioso. Sus temores se desvanecieron tocando las llagas del Señor, ahora no tienen miedo de curar las llagas de los necesitados. Porque allí ven a Jesús. Porque allí está Jesús: en quienes sufren, están solos, en los más pobres y vulnerables.
Con María Santísima, madre de la misericordia, abramos nuestro corazón a Jesús y pidámosle la gracia de asemejarnos a Él.
