Coherente hasta la cruz – P. Felipe Herrera
Reflexión correspondiente al Evangelio del domingo 1 de octubre de 2023 (Evangelio según san Mateo 21, 28-32).
La coherencia de vida es una conducta cada vez más exigida, en especial a quienes ejercen algún tipo de autoridad, ya sea civil, política, social, académica o religiosa. Y la sociedad de la transparencia en que estamos inmersos, donde todo se sabe, todo se graba, todo se conoce, ha revelado la inconsistencia de tantas personas cuyo comportamiento deja mucho que desear respecto de lo que profesan y promueven.
¿Pero es esto algo nuevo? ¿Esa brecha entre lo que se dice y lo que se hace, es acaso una cosa del último tiempo? Jesús, en el evangelio de este domingo, nos muestra que no. Eso sí, su discurso se centra en la actitud de quienes se presentan ante los demás haciendo gala de sus vistosas credenciales religiosas, pero que en realidad no viven el núcleo de su fe. A ese tipo de incoherencia alude el pasaje del evangelio, a la de quienes no logran alinear su fe con su religión.
El Señor interpela a los notables del pueblo de Israel, “expertos religiosos”, a quienes escandalizaba diciéndoles que las prostitutas y los publicanos estaban en mejor posición que ellos ante Dios. A partir de la imagen de los dos hijos llamados por su padre a trabajar, Jesús enseña que es el obrar de acuerdo a la voluntad de Dios lo que manifiesta la verdadera fe, y no la mera adhesión a un dogma o una práctica religiosa que no permea el actuar de cada día.
Así, la verdadera religión no es lo mismo que la praxis litúrgica, sino que debiera ser una expresión concreta e integral de la fe que profesamos. En nuestro caso, esto se traduce en el amor a Dios y al prójimo como discípulos de Aquel que nos amó hasta el extremo, viviendo la caridad con todos y buscando el Reino de Dios que se caracteriza por la justicia y la paz. Por eso, no nos podemos decir “católicos practicantes” si nuestro “ser religiosos” se reduce solo a la misa dominical. Esta es fundamental, esencial, pero ha de proyectarse en la existencia cotidiana.
Y es aquí donde comenzamos a darnos cuenta de nuestra propia incoherencia, de esa que tal vez nadie ve, pero de la que somos conscientes en nuestro corazón, pues sabemos que no siempre vivimos el mandamiento del amor… sabemos que, como el segundo hijo del evangelio, le decimos que sí a Dios con los labios, pero nos desdecimos con nuestro actuar.
La conciencia de nuestra propia incoherencia nos ayudará a no ser tan severos juzgando a nuestros hermanos, pero sobre todo nos permitirá sentirnos como esas prostitutas y esos publicanos a los que aludía Jesús. Ellos, carentes de virtud, descubrieron su fortaleza, su conversión y su salvación en el amor misericordioso de Aquel que fue coherente hasta la cruz.
