13 Jun 2016

Bruno Baranda – Atentado a la comunidad

Señor Director: No podemos quedar indiferentes frente a un nuevo y lamentable episodio de disturbios y destrozos que afectó a los sufridos vecinos de la comuna de Santiago. Esta vez alcanzaron un nuevo nivel de violencia, ya no solo material, sino religioso y simbólico, manifestado en la destrucción de una imagen de Jesús crucificado del histórico templo de la Gratitud Nacional.

No podemos quedar indiferentes frente a un nuevo y lamentable episodio de disturbios y destrozos que afectó a los sufridos vecinos de la comuna de Santiago. Esta vez alcanzaron un nuevo nivel de violencia, ya no solo material, sino religioso y simbólico, manifestado en la destrucción de una imagen de Jesús crucificado del histórico templo de la Gratitud Nacional.

En un nivel de análisis inmediato, choca la intolerancia, falta de respeto y la violencia manifestada por jóvenes que parecen creer que, al amparo de exigir equidad y atención a sus propias demandas y derechos, se pueden avasallar los derechos de los demás. Derechos básicos como la tranquilidad y respeto de los vecinos, de quienes trabajan, de las libertades de culto, de asociación, de expresión, de propiedad y muchos otros.

Un acto que se suma a los comportamientos y destrozos que sufrió Valparaíso el pasado 21 de mayo, y que debiera suscitar un generalizado rechazo y oposición, denuncia y sanciones. A nuestro juicio, la indiferencia no puede seguir siendo una sensación y actitud de nuestras autoridades, instituciones y vecinos.

Enseguida, qué contraproducente es destruir la imagen de un hombre que ha sido un paradigma histórico de la lucha contra la injusticia, la inequidad y la violencia. El cristianismo ha jugado un rol fundamental e histórico en la abolición de la esclavitud, en la declaración de los derechos humanos, en el fin de la Guerra Fría, en la defensa de los derechos de los trabajadores, y en general de quienes han tenido pocas oportunidades en sus vidas. Atacar una imagen de Jesucristo, que basó su liderazgo en el amor y el servicio, equivale a despreciar valores ultrapositivos para la vida en sociedad.

Ahora bien, ¿qué hace que estos jóvenes menosprecien valores que pavimentan una convivencia armónica, respetuosa y fraterna? ¿Cómo y dónde se han formado y han aprendido esto? ¿Cómo se llega a un individualismo tan extremo que anula la empatía y la compasión? 

La actitud arrolladora y el odio no pueden ni debieran tener la última palabra. Nuestra historia prueba que hemos sido capaces de superar las discordias y que la unión, el diálogo y el encuentro son el camino que nos permite avanzar. 

Bruno Baranda Ferrán, Presidente Unión Social de Empresarios Cristianos.
Publicación: El Mercurio, lunes 13 de junio de 2016.