24 Oct 2020

Amemos nosotros primero – P. Felipe Herrera

¡Cuán distintos serían hoy los destinos de nuestro Chile y de la humanidad si comprendiésemos que fuimos creados por amor y para amar! Esa es la raíz de nuestra existencia y, a la vez, la clave para encontrar la plenitud de la misma, porque es en el amor donde adquiere sentido nuestra vida. Por eso el mandamiento más grande, tal como nos lo enseña Jesús en el Evangelio de este domingo, es el amor a Dios y al prójimo. Y si bien el Señor nos lo plantea como dos mandamientos, no podemos vivir el uno sin el otro, porque son dos caras de una misma moneda. Ahora bien, fijémonos en que Jesús añade ciertas características al modo de ejercer este amor.

El amor a Dios ha de ser “con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu”, y es que no basta un amor tibio para Aquel que nos regaló la vida y nos salvó. El cristiano no puede vivir este amor sino con arrojo absoluto y corazón indiviso, porque el amor verdadero no conoce límites ni restricciones. Respecto del amor al prójimo, Jesús nos pide que lo ejerzamos como lo haríamos con nosotros mismos. Esto implica desear para nuestros hermanos lo mismo que desearíamos para nosotros: el bien, la paz, la felicidad, que no es nada distinto de aquello que Dios ha soñado para cada persona.

Ahora bien, el amor que nosotros podamos manifestar a Dios, más que en darle algo, llegará a su plenitud en la medida que acojamos su misericordia infinita. Ese es un amor que no se puede merecer, ni mucho menos transar a punta de devociones ni obras buenas. Es el amor fontal, el amor que nos revela el verdadero rostro de nuestro Dios. Por eso, amar a Dios consiste sobre todo en dejarse amar por Él, conscientes de que no podemos dar nada a cambio de ese “amor primero”. Y desde allí brotará la respuesta que nos llevará a cumplir el mandamiento más grande, el esencial, de modo que el amor a Dios y al prójimo, grande, generoso y compasivo, brotará de modo natural como una exigencia de un corazón que se descubre amado gratuitamente. El amor al prójimo será la consecuencia de una alegría sobreabundante que libera la vida y nos lanza a hacer a los demás partícipes de un Dios que se revela lleno de ternura.

Y ese amor a Dios y al prójimo hoy exige concreciones en nuestra historia, escapando de toda tentación de romanticismo intimista que nos aleje de los dolores de la humanidad. Es en el anuncio del Reino de Dios -mensaje central de la predicación de Jesús- que el mandamiento del amor se vuelve la ley fundamental. Y ese Reino de Dios, prometido para la eternidad, comienza hoy, en mi vida de hoy, en nuestro Chile de hoy. En medio de la violencia, del odio, de la intolerancia, de la división, el amor puede ser el signo de contradicción y de esperanza, que nos adelanta una tierra nueva. No nos quedemos a la espera de que otros vivan ese mandamiento. Como lo hizo Jesús, amemos nosotros primero.