18 Oct 2022

“Algunos que se tenían por justos” (pero no lo eran) – P. Felipe Herrera

El concepto de “justicia” en el Evangelio se refiere principalmente a la santidad de quien participa de la vida de Dios, y no apunta tanto a aquello que la filosofía del Derecho entiende como “dar a cada cual lo que le es debido”. De hecho, Jesús invitaba a buscar “el Reino de Dios y su justicia” y advertía que “si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos”.

En su predicación Jesús se enfrentó fuertemente con los fariseos porque ellos creían que su cumplimiento de la ley los hacía “justos”, es decir, se justificaban a sí mismos por sus propios esfuerzos. Por el contrario, el Señor enseñó una y otra vez que la relación con Él es una gracia, algo que recibimos gratuitamente de Dios, que es el verdaderamente Justo. Por ende, la “justificación”, el ser santos, no depende de un cumplimiento obsesivo de los mandamientos, sino de acoger el don del Señor que quiere compartir su vida con nosotros. Y quien ha vivido esa experiencia naturalmente buscará responder a esa gracia y difundirla por medio de actos de amor concreto que cumplan los mandamientos, transformando la faz de la tierra y manifestando en el hoy el Reino de Dios.

Por eso la parábola de este domingo dice que el publicano, pecador consciente de sus faltas, volvió justificado a su casa después de haber orado su arrepentimiento en el templo, ya que humildemente se abrió al perdón de Dios. Por el contrario, el fariseo, que se tenía por justo, le presentó a Dios un acabado informe de todas sus buenas obras, caracterizadas por un apego irrestricto a la letra de la Ley, aunque no a su espíritu. En el fondo, el fariseo le pasó a Dios una por una las boletas de su propia santidad, enrostrándole cómo había alcanzado por sí solo su salvación. No se abrió a la gracia de Dios. Para qué, si no la necesitaba, se bastaba a sí mismo.

Una de las tentaciones más grandes que ha arrastrado desde los inicios la fe cristiana es pensar que la salvación, la relación con Dios, es algo que se adquiere por medio de una transacción de obras de caridad, y que estas son fruto de nuestra virtud y nuestro esfuerzo meramente voluntario. Una actitud de dicho tipo nos ha enceguecido y paralizado un sinnúmero de veces, dejándonos satisfechos al convencernos de que nuestra beneficencia, la dádiva material supuestamente magnánima y el altruismo bastan para asegurarnos que nuestra experiencia de fe y nuestra praxis litúrgica se concreta en el plano social. Pero no es así, porque si la fe no se hace fecunda en una verdadera justicia que engendre estructuras sociales de mayor equilibrio y dignidad, seguiremos moviéndonos en el plano farisaico.

Ahora bien, si como el publicano hacemos un examen de conciencia sincero ante Dios, podremos ver que, en medio de una sociedad herida por el pecado de la exclusión y la segregación, los cristianos tenemos una vocación particular: estamos llamados a contribuir a la sanación del tejido social como sujetos y testigos de la gracia de Dios. Es el mismo Dios que nos invita a seguirlo por el camino del despojo personal para que los demás, nuestros hermanos, tengan vida y vida en abundancia. Si acogemos esa llamada, sin darnos cuenta, estaremos encontrando el Reino y su justicia.