El verdadero problema no está en la calle, está en la formación – Enrique Cruz
En las últimas semanas hemos visto un recrudecimiento de la violencia en el país, especialmente en escuelas y espacios públicos. También hemos conocido casos de corrupción y abuso de beneficios estatales pensados para quienes más lo necesitan. Son hechos distintos, pero todos remiten a una misma inquietud de fondo: algo se ha debilitado en la manera en que estamos formando a las personas.
Ante esto, los empresarios no podemos sentirnos ajenos. No solo porque, como dijo Stephan Schmidheiny, no hay empresas exitosas en sociedades fracasadas, sino porque muchas de estas conductas provienen de personas que ya están en el mundo laboral o de jóvenes que mañana llegarán a él. Pensar que este problema se resuelve sólo con más control, más vigilancia o más sanciones es mirar apenas la superficie.
Parte importante del problema está en la formación. De nuestras universidades egresan jóvenes muy bien preparados en competencias técnicas, pero no siempre con la misma solidez en su formación ética y valórica. Se ha debilitado la capacidad de mirar al otro no como una amenaza o un obstáculo, sino como alguien con quien convivimos y construimos en común. Se ha instalado, además, una idea de éxito demasiado centrada en el logro individual, en el resultado inmediato y en la satisfacción personal, como si el esfuerzo, la responsabilidad o el sacrificio fueran cargas que hubiera que esquivar.
Ese deterioro no nace de un día para otro. Tiene raíces más profundas, que comienzan en la familia y se extienden luego a otras instituciones sociales. Por eso, más allá de medidas concretas como controles de acceso o revisión de mochilas, como sociedad debemos hacernos cargo de las causas. El problema no está sólo en la calle: está antes, en la formación que estamos entregando y en los referentes que hemos ido debilitando.
En ese desafío, la empresa puede cumplir un papel más relevante del que muchas veces cree. No reemplaza a la familia ni a la escuela, pero tampoco es un actor neutro. Muchas empresas cuentan entre sus trabajadores a madres y padres que también están formando a sus hijos. Por eso importan tanto las flexibilidades, los apoyos y las condiciones que les permitan ejercer bien ese rol.
También importan los espacios de formación que la propia empresa ofrece. La capacitación no debiera limitarse únicamente a contenidos funcionales o técnicos. Puede ser también una oportunidad para contribuir al desarrollo integral de los trabajadores, incorporando temas que fortalezcan su criterio, su responsabilidad, su vínculo con otros y el sentido de su trabajo. Lo mismo ocurre con iniciativas ligadas al deporte, la cultura o la vida comunitaria: no son accesorios, sino caminos concretos para ensanchar la mirada sobre la vida y el aporte que cada uno puede hacer.
Cuando una persona logra conectar su trabajo con un sentido más profundo, entiende de otra manera su esfuerzo, su responsabilidad y su aporte a los demás. Descubre que trabajar no es solo una obligación o un medio para obtener ingresos, sino también una forma de desplegar talentos, servir y construir una vida buena para sí mismo y para su familia.
Las empresas que buscan proyectarse y fortalecer sus negocios han comenzado a entender que el desarrollo integral de sus trabajadores no es un asunto secundario, sino estratégico. Apostar por la formación humana y valórica no solo fortalece la cultura interna y protege el negocio; también ayuda a reconstruir vínculos sociales que hoy se ven debilitados. Si más empresarios asumimos esa responsabilidad, no solo estaremos construyendo mejores empresas. También estaremos contribuyendo a una sociedad más cohesionada, más responsable y más humana.
Columna publicada el domingo 12 de abril de 2026 en El Líbero.
