22 Sep 2023

La cepa celestial – P. Carlos Irarrázaval

Reflexión correspondiente al Evangelio del domingo 24 de septiembre de 2023 (Evangelio según san Mateo 19,30. 20,16).

Una vez más el Señor con su Palabra nos descoloca y nos invita a dejar de lado los criterios del mundo para vivir según sus criterios. Los consejos que nos da en el Evangelio nos iluminan e invitan a la Vida con “mayúscula”, hay que despegarse de este suelo que nos embarra y atrapa los pies, nos succiona  y encadena… La invitación es a volar alto con una mirada de trascendencia: “Ciudadanos del Cielo, no del suelo”, nos diría el padre Hurtado.

En la parábola pareciera que se aleja de los criterios de un “buen empresario”, que busca maximizar los recursos para obtener la mejor productividad con la mano de obra contratada… El Señor está empeñado en una empresa distinta, mucho mayor y desafiante: tener la puerta siempre abierta para que el que quiera “trabajar en su viña” goce de sus beneficios, en totalidad y no a medias. Para todos Él quiere la Plenitud de la Felicidad, a nadie lo obliga y a todos nos invita, trata de que ninguno se pierda, porque desde lo profundo de su Corazón como Creador, a nadie lo creó para que se condene y se pierda.

La imagen del Señor y dueño, que sale a distintas horas a buscar al que quiera venir a “trabajar a mi Viña”, nos lo retrata de cuerpo entero. Él viene a nosotros, Él nos invita, sólo pide que nosotros queramos aceptar esa invitación, ir a su encuentro y trabajar en su Viña. Aquí el Denario, que es el jornal de un día, representa también “lo justo” y lo que Él quiere para todos, la Salvación –¡para eso nos creó!–. Sólo te pide estar dispuesto “a trabajar en su Viña”, ¿qué significa eso? Ahí está quizás la clave que tenemos que resolver cada uno. ¿Qué implica trabajar en esa Viña? ¿Cuáles son las normativas, qué herramientas me entregan y cuáles son los protocolos con los que el Señor “maneja” su Viña?

Según el criterio del mundo lo adecuado sería un pago diferenciado según las horas trabajadas, pero al Señor que es generoso con lo suyo –más de lo que podamos imaginarnos–, sólo le basta con que yo haya querido trabajar con Él, haya querido ir libremente a trabajar en su Viña. Eso le basta para darme el pago completo… y pensar que yo todavía le “regateo” sin querer y a veces le pongo condiciones para ir a trabajar a su Viña. Todavía me pillo hoy queriendo trabajar en mi viña, con mis condiciones, pensando que puede dar mejor fruto la cepa mundana que la cepa celestial. Sin duda, a veces los racimos de la viña del mundo se muestran frondosos y apetitosos a la vista, pero en definitiva son muy fungibles como flor de un día, que encandilan y atrapan, dulces al paladar pero veneno que me encadena a este mundo pasajero e imperfecto.

Los frutos de la Viña de Dios no son Flor de un día, no son efímeros, son Vida para siempre, plenitud que nunca se avinagra. No son como los frutos que se veían estupendos y cual espejismo, lo que se veía genial se lo lleva el viento en un abrir y cerrar de ojos, con un una manifestación de la naturaleza, con un descalabro bursátil, con una fatiga de material, con un error humano, con una máquina descompuesta, con una falta de repuestos, como si fuéramos desechables y sin remedio. 

En fin, son tantos “peros”, que la línea de producción de este mundo tiene y que cada día nos amenazan con llevarnos, de “ser los primeros a ser los últimos” y, en cambio, qué potente y esperanzador es ver cómo el Señor al que se sabe el último, se sabe hijo, se reconoce como criatura, y está dispuesto a trabajar en su Viña con sus protocolos, reconociendo y amando a su Creador que nos amó primero, termina haciéndonos gozar de la plenitud y de ser los últimos y más pequeños, nos invita a ser hijos y gozar de todo lo suyo: “Todo lo mío es tuyo”… ¡Manos a la obra! vamos a trabajar en la Viña del Señor, ¿qué esperamos?