“Señor, ¡qué bien estamos aquí!” – P. Hugo Tagle
Este año, la fiesta de la Transfiguración del Señor cae en domingo, por lo que reemplaza al 18° domingo del tiempo ordinario. Una feliz coincidencia, ya que esta fiesta nos dispone a vivir todo el mes de agosto y resto del año en estado de “transfiguración”, esto es, de la alegría, paz y esperanza que brota de este pasaje evangélico.
La transfiguración es un anticipo de lo que será la resurrección de Jesús y un aliciente para sus discípulos a no desfallecer y renovar su conciencia apostólica. Efectivamente, cuando vieron resplandeciente y nimbado de gloria a Jesús, pudieron percatarse mejor de cuál era el destino y alcance de su misión como luz de las gentes (Lc 2,32).
Pero, para ver al Señor transfigurado, hay que “subir al monte”; alejarse del ajetreo diario y dejarse conducir por Él: “Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan”. Con esta señal, Jesús los remece y les abre un nuevo horizonte de vida.
Junto con su visión, los discípulos escuchan al Padre Dios. “Caen en tierra”, postrados en adoración. No sobrecogidos por el miedo, sino en actitud reverencial (temor de Dios) ante la presencia trascendente de la divinidad.
Más tarde, Pedro, uno de los tres testigos, recordaría conmovido aquella visión: “con nuestros ojos hemos visto su majestad”. El mismo Pedro que, en otra ocasión, confesaría: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios (Jn 6,68-69).
Todo creyente, persona de fe, ha tenido su momento de Transfiguración. El Señor se nos hace presente en pequeños acontecimientos, imperceptibles a veces. Desde una puesta de sol que nos conmueve, el encuentro con un amigo querido después de mucho tiempo, un evento familiar especial como el nacimiento de un hijo, incluso dolorosos como la muerte de un pariente, o un cambio abrupto de trabajo o estudio. Allí, nos sentimos transfigurados: momentos en que convergen lo humano y lo divino.
Pero sabemos también que debemos “bajar del monte”, descender al valle para encontrarnos con los demás en el duro bregar de cada jornada. Es en la vida ordinaria donde se juega y vive la fe: entre los hombres, en la realidad cotidiana, sobre todo de cara a los más pobres y vulnerables.
Nos podemos preguntar: ¿Mantenemos el equilibrio interior en los momentos de decaimiento y tristeza? ¿En qué fundamento mi esperanza? ¿Descubro momentos de “transfiguración” en mi historia de vida?
Jesús está con nosotros. Quién sabe valorar la presencia de Dios en su vida, camina seguro y confiado en el Señor, sabiendo que nos acompaña en la vida y trabajo diarios. Él es la luz que ilumina el horizonte cristiano y que nutre la auténtica esperanza.
