¿Jesús, un mal reclutador de personal? – P. Felipe Herrera
Celebrar la Ascensión del Señor al cielo es celebrar también el máximo gesto de confianza de Jesús hacia nosotros. En las lecturas de este domingo vemos como Él, que había consumado el plan salvífico de su Padre, confía a la Iglesia naciente la misión de continuar con el anuncio del Reino de Dios en el día a día. Es cierto, Jesús les dice a sus apóstoles “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”, pero esa presencia se manifestará eminentemente por medio de la labor de nosotros, frágiles cristianos llamados a ser testigos de su amor.
No se trata de outsourcing: Jesús no se desentiende de la obra de la salvación de la humanidad, sino que nos involucra en ella del todo, muy consciente de las limitaciones de quienes Él mismo ha elegido como colaboradores. De hecho, mientras muchos alaban las capacidades de liderazgo de Jesús, al mismo tiempo critican sus habilidades como reclutador de personal.
Pero pensar que Jesús no se dio cuenta de las falencias de sus apóstoles es no entender la lógica de su actuar, que resulta tan ilógica para muchos. Él no es ingenuo, sino que elige deliberadamente obrar en lo pequeño, en lo defectuoso, en lo herido, en lo falible, para revelar allí su amor y su poder redentor. Digámoslo más claro aún: ¡Dios obra en mis pequeñeces, en mis defectos, en mis heridas, en mis faltas, y no a pesar de ellas! Comprender esto nos libera, porque ya no se nos exige ser perfectos para amar y anunciar el Evangelio, sino que solo se nos pide abrirnos a la gracia y dar un testimonio coherente del paso de Dios en nuestras vidas.
Así, como pecadores amados y perdonados, Jesús nos envía a llevar su Evangelio hasta el fin del mundo. Ese no es un lugar físico, sino que es el corazón de cada persona que está a nuestro lado. Los confines de la tierra que esperan escuchar la voz de Dios son las vidas de nuestros familiares, de nuestros vecinos, de nuestros compañeros de trabajo o estudio, y también las vidas de nuestros adversarios políticos, de quienes nos hacen sufrir, de los que nos irritan.
Ciertamente es una tarea difícil de llevar a cabo en una sociedad polarizada que se maneja bajo el paradigma de vencedores y vencidos, pero no es imposible para nosotros, discípulos de Jesús que, además, dentro de pocos días seremos vivificados por la fuerza del Espíritu Santo. Sí, Jesús se va, pero se queda, y nosotros seguimos colaborando con su obra, siempre por Cristo, con Él y en Él.
