“Abrir los oídos del alma” – P. Hugo Tagle
Todos los años, en el segundo domingo de cuaresma, leemos el relato de la transfiguración. El Papa Francisco utilizó este pasaje para su reflexión cuaresmal. En ella nos dice: “El Señor nos toma consigo y nos lleva a un lugar apartado. Aun cuando nuestros compromisos diarios nos obliguen a permanecer allí donde nos encontramos habitualmente, viviendo una cotidianidad a menudo repetitiva y a veces aburrida, en Cuaresma se nos invita a “subir a un monte elevado” junto con Jesús, para vivir con el Pueblo santo de Dios una experiencia particular de ascesis”.
La ascesis cuaresmal es un compromiso, animado siempre por la gracia, para superar nuestras faltas de fe y nuestras resistencias a seguir a Jesús en el camino de la cruz. Era precisamente lo que necesitaban Pedro y los demás discípulos. Para comprender y acoger plenamente el mensaje de Jesús en este tiempo, debemos dejarnos conducir por Él a “un lugar desierto y elevado”, distanciándonos de las experiencias cotidianas que nos alejan de Él. Es necesario “ponerse en camino”, un camino cuesta arriba, que requiere esfuerzo, sacrificio y concentración, como una excursión por la montaña.
Pero los hombres están abajo, en la tierra, en la historia. Es un camino ascendente para ser testigos de la misericordia divina y un camino descendente, para ser sus testigos. Jesús decide bajar de ese monte y pide a los suyos que le acompañen. Viene de “arriba” con la confianza absoluta del amor del Padre Dios. Pero en Jerusalén no le otorgarán la autoridad que ahora le han concedido Moisés y Elías. También un día Moisés tuvo que bajar del Sinaí y se encontró con la realidad de un pueblo que se había fabricado un becerro de oro (Ex 32,1-35); Elías también descendió del Horeb (1Re 19), sabiendo que lo perseguirían las huestes de Jezabel que querían imponer a los dioses cananeos. Jesús tuvo que aclarar en el “monte” si su mensaje y su vida eran la voluntad de Dios. La voz celeste, por muy apocalíptica que suene, lo deja claro.
El camino cuaresmal es una invitación –personal y comunitaria– a escuchar al Padre Dios en Jesús. Sin escucha no aprendemos. Sin escucha no es posible comprender lo que Dios nos pide en el contexto actual; sin escucha mutua en las comunidades eclesiales no podremos descubrir ni acertar el camino que nos pide el Señor. Por eso, la escucha es una verdadera ascesis, un ejercicio espiritual en nuestro tiempo, que requiere de nuestro mayor esfuerzo. Eso nos conecta directamente con el mandamiento más importante del Antiguo Testamento: “escucha, Israel…” Por otro lado, para escuchar debidamente, necesitamos conocer al que nos habla, que no es otro sino el Hijo Único, el amado de Dios. Por eso, necesitamos preguntarnos: ¿Conozco a Jesús? ¿He tenido experiencia de un encuentro personal con Él? ¿Escucho a los demás? ¿Me cuesta escuchar? ¿Dedico tiempo a escuchar a Dios en su Palabra y en la oración?
Que la Santísima Virgen, madre y fiel discípula de Jesús hasta la cruz, nos acompañe en este tiempo cuaresmal y nos regale la gracia de “abrir los oídos del alma” para escuchar la palabra de Dios en nuestra vida cotidiana.
