23 Dic 2022

Navidad, motivo de esperanza – P. Samuel Fernández

Al finalizar un año de gran trascendencia para nuestro país, marcado por grandes desafíos sociales, económicos y sanitarios. Un año en que hemos sido testigo del sinsentido de la guerra, que ha despertado fantasmas que creíamos superados. Un año en que se renueva el compromiso de buscar una mejor institucionalidad para nuestro país. En este contexto, de luces y sombras, Dios Padre nos vuelve a sorprender con el nacimiento de su Hijo entre nosotros.

El Hijo de Dios asume la naturaleza humana, y, por lo tanto, en él se encuentra la plenitud de la divinidad y la plenitud de la humanidad. El Hijo de Dios desarrolla su vida en condiciones humanas. Por ello, en Jesús de Nazaret es posible reconocer lo auténticamente humano y lo auténticamente divino. La Navidad, entonces, nos muestra que lo divino y lo humano pueden coincidir en una única persona, como de hecho han coincidido en Jesús. 

Desde los primeros siglos del cristianismo, ha habido corrientes que tendían a negar la auténtica humanidad del Hijo de Dios; preferían pensar que la carne de Cristo era de una condición distinta o que su interioridad no era humana. Por el contrario, otras corrientes, de distintas formas, negaban la plena divinidad de Jesús de Nazaret. La razón de fondo de ambas tendencias era la convicción de que lo divino y lo humano se oponen. De acuerdo a esta idea, lo que es verdaderamente divino, ya no puede ser realmente humano. Sin embargo, contemplando el Nacimiento reconocemos que no hay oposición entre lo divino y lo humano. O, mejor dicho, no hay conflicto entre lo auténticamente humano y lo verdaderamente divino. La humanidad deformada por el egoísmo se opone a Dios, pero ante el Hijo de Dios hecho hombre reconocemos que el egoísmo no es auténticamente humano, sino un factor de deshumanización. Además, la cercanía del Hijo de Dios que se identifica con nosotros nos enseña que lo propio de Dios no es estar lejos, ni desinteresarse por lo que nos ocurre. Lo auténticamente divino y lo verdaderamente humano se revelan en el Pesebre.

La Navidad también nos muestra que Dios busca nuestra colaboración. Dios no actúa solo, siempre busca nuestra colaboración. Por una parte, la venida del Hijo de Dios a nuestra vida no es un logro nuestro, sino un regalo del cielo; es algo que no merecemos, pero que el Señor ha querido conceder gratuitamente. Por otra parte, la presencia de Cristo es un don que viene de lo alto, pero un don que requiere nuestra colaboración: María de Nazaret participa en plan de Dios y llega a ser la Madre de Dios por su total disponibilidad a la Palabra del Señor. La cumbre de la acción divina se realiza allí donde se encuentra la total disponibilidad humana.

Estamos llamados a seguir esta dinámica de la colaboración que se revela en la Navidad. La solución de los serios problemas humanos que nos aquejan no caerá del cielo, ni será un logro de nuestras propias capacidades. Estamos llamados a colaborar con el Señor, lo que significa aplicar todos nuestros dones, capacidades, nuestra creatividad e ingenio para que la vida de nuestros hermanos y hermanas pueda desplegarse a la luz de quien dijo: He venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia (Jn 10,10).