“Hoy ha llegado la salvación a esta casa” – P. Hugo Tagle
El relato del encuentro de Zaqueo arriba de un sicomoro esperando a Jesús es, junto al relato del encuentro con Marta, uno de los más entrañables y pintorescos de los evangelios. Nos saca una sonrisa, al imaginar a un señor adulto – cualquiera de nosotros – arriba de un árbol para poder ver al Maestro.
Esa osadía y genio cautiva a Jesús, quien lo descubre, seguro le sonríe, “alza la mirada” y le dice: “Zaqueo, baja pronto, porque conviene que hoy me quede yo en tu casa” (Lc 19, 5).
La iniciativa es de Jesús y se produce porque hay disponibilidad al cambio en Zaqueo. El encuentro con Dios es a la vez gracia y culminación de una búsqueda más o menos consciente por parte del hombre. Zaqueo acoge con gozo la oportunidad que se le brinda de recibir en su casa al Rabí de Nazaret, ignorando aún las consecuencias que resultarán de esta aventura: Se apresuró a bajar y lo recibió con alegría (v.6). Más tarde, en la intimidad, descubrirá en la persona de Cristo la gratuidad del amor divino. Un amor y una misericordia mucho más grandes de lo que él se habría atrevido a imaginar.
El texto emplea el adverbio de tiempo “hoy” que indica la actualidad de la salvación que Dios, ofrecida y realizada continuamente. En Dios todo es actualidad presente. Su encuentro en nuestra vida acontece siempre de nuevo, como si fuese la primera y última vez. De ahí que hay que estar con los sentidos despiertos para encontrarlo como Zaqueo a Jesús.
Es el amor gratuito de Dios y no sus propios méritos lo que permite a Zaqueo dar un vuelco a su vida. Al sentirse acogido y perdonado comienza a su vez a pensar en los hermanos: “daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo”. El publicano Zaqueo se convierte de este modo en la figura del discípulo cristiano que, sin dejarlo todo como hacen otros discípulos de Jesús, permanece en su mundo habitual, dando testimonio de un estilo distinto de vida. Ya no vale más la ganancia por encima de todo, sino la justicia (devolveré el cuádruple); el compartir con quien lo necesita (daré la mitad de mis bienes a los pobres).
La conducta y palabras de Zaqueo nos recuerdan que las riquezas son inicuas cuando se acumulan a costa del débil y se emplean en propio beneficio de modo desenfrenado. Los bienes temporales son “de préstamo” y deben ser siempre fruto del trabajo honrado y buscar compartirlos con los hermanos y la comunidad. Así encuentran su real sentido. La experiencia de Zaqueo nos enseña que la conversión evangélica es simultáneamente conversión a Dios y a los hermanos.
