“Cuídense de toda avaricia” – P. Carlos Irarrázaval
Como cada domingo, el Señor nos regala algún consejo para nuestra vida personal, pero también para nuestra vida profesional, para nuestra vida en medio de lo público. Hoy día aparece uno entre la multitud que le pregunta al Señor: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”. Obviamente si está pidiendo esto, era porque el otro había recibido una herencia y tenía más bienes que él… y él quería ser parte de algo que en principio no le tocaba, pero quería también aprovecharlo.
El Señor le contesta con una pregunta –“¿quién me constituyó a mi juez o árbitro entre ustedes?”– y después nos regala una parábola, pero no sin antes dejar bien en claro el consejo, la moraleja. La parábola viene a reafirmar el consejo. El centro es “cuídense de toda avaricia”, no anden desesperados por tener. Ya en otro pasaje nos decía: “¿De qué le sirve al hombre tener el mundo entero, si pierde su alma?”. Nos dice el Señor: “cuídese de toda avaricia, porque aún en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas”. Aun teniendo de todo, la avaricia te hace pensar que necesitas más, te quita la paz, te estresa en una vida no sana, que a veces puede incluso afectar negativamente a los más cercanos, al perder el centro y dejarme llevar por el ídolo del tener.
“La vida de un hombre no está asegurada por su riqueza”: ¿de qué vida está hablando el Señor?, ¿de esta vida del mundo? Es cierto, en este mundo las riquezas no te aseguran una vida tranquila, una vida en paz. Mira cómo muchos están sufriendo con el dólar alto, algunos otros en cambio, están gozando. ¿Cómo se vive frente a la incertidumbre constitucional o legal, o el tema de la propiedad de los derechos de agua en la agricultura, en las facilidades para el emprendimiento privado, el tema de la educación privada y la subvencionada, u otros muchos temas discutibles? En fin, si yo tengo mi corazón puesto sólo en esas cosas que pueden cambiar y no tengo una mirada de eternidad me vuelvo terrenal y estoy perdido.
“Insensato”, dice el Señor al terminar la parábola de este rico que, teniendo de todo, tiene una cosecha espectacular y termina diciéndose “aquí tengo para vivir y darme una buena vida, comer, beber, descansar, pasarlo bien”. El Señor Jesús, nos regala aquí dos enseñanzas. La primera, el compartir con otros, lo que tengo u obtengo con mi trabajo y experiencia, y no caer en acumular solo para mí (la avaricia). El tener también esa mirada generosa que me regala gozar con el bien de los demás y no sólo del bien personal. La segunda es ¿quién va a gozar de todo eso que acumuló? a quién se lo va a dejar en herencia: ¿al que no trabajó?, ¿al no hizo nada?, ¿para quién queda todo mi esfuerzo?
Ojo que aquí aparece de un modo muy sutil la familia. Ella le da sentido a los desvelos de cada día en la vida del trabajo, son los más prójimos. Juégatela por cuidar a tu familia, que el trabajo no sea un ídolo que te robe el tiempo para ellos, porque si el trabajo te lleva a tener lo que tienes y a ser el que eres, ojalá sea para hacer de tu familia lo que con tu esposa o con tu marido han soñado de la mano de Dios, ese proyecto de vida, ese ambiente sano, de cariño, que será la mejor herencia.
Más allá de los bienes que puedas heredarles a tus hijos, dales en vida la alegría de saberse queridos y cuidados, así como la confianza de saber que cuentan contigo, ése es quizás el mejor tesoro para cualquier hijo, y tú y yo lo somos. Ahí está la mejor herencia, más que las cosas que me puedan dejar mis padres, son las enseñanzas que me dejaron, los valores y el cariño que me dejaron mis padres.
Sé rico a los ojos de Dios. Dios te bendiga.
