El pragmatismo de la confianza – P. Felipe Herrera
Los apóstoles habían identificado un problema muy concreto y sus corazones se habían llenado de compasión por la enorme muchedumbre que, como ellos, había transcurrido la jornada escuchando la enseñanza de Jesús. Pero ya era tarde y la gente no tenía qué comer ni dónde guarecerse en medio del descampado. Por eso se acercaron al Señor, al mismo que habían visto recién sanando a los enfermos, para darle una instrucción muy clara: “Despide a la multitud”. ¡Ellos, los seguidores y colaboradores de Jesús, le daban una instrucción al Maestro! ¡Mish!
Y Jesús, como buen líder organizacional, aprovechó la ocasión para enseñar que su gracia era más grande que el pragmatismo de los apóstoles, una actitud que había hecho que la compasión se diluyera. Por eso los desafió diciéndoles: “Denles de comer ustedes mismos”. Ellos aún no comprendían que ante la presencia de Dios la lógica imperante no es aquella de la eficacia numérica, sino la de la sobreabundancia que acontece a partir del reconocimiento de la propia precariedad: “No tenemos más que cinco panes y dos pescados”. No se puede negar que a los ojos humanos eso no era nada. Esa comida escasa era una verdadera miseria si lo que se buscaba era alimentar a un gentío tan enorme. Pero en esta escena, como en nuestras vidas, Dios obra milagros a partir de nuestra insuficiencia. Es más, nuestra pequeñez es la mejor oportunidad para dejar a Dios ser Dios, permitiéndole que actúe con su poder infinito y, sobre todo, con su amor sin límites.
Y hoy el Señor nos invita nuevamente a abandonarnos a Él y a presentarle nuestras propias limitaciones, nuestras vidas incompletas y heridas, incapaces de resolver de una vez y para siempre nuestros conflictos personales, familiares y sociales. Jesús nos enseña un nuevo tipo de pragmatismo, aquel de la confianza. Es un pragmatismo que, a partir de la plena conciencia de los problemas y de la escasez de recursos materiales y humanos para resolverlos, no deja de implorar el auxilio de Dios. Ojalá pudiésemos aplicar ese pragmatismo todos los días de nuestra vida, comprendiendo que la paz interior y de nuestra sociedad contemporánea no se alcanzará solo con esfuerzos humanos y pactos políticos, sino especialmente acogiendo en nuestros corazones ese Reino de Dios, de justicia y amor, que Jesús anunciaba el día de la multiplicación de los panes.
