Mis ovejas y mi Padre – P. Felipe Herrera
El breve evangelio de este domingo es parte del discurso en que Jesús se revela a sus discípulos como el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas. Sus palabras expresan la importancia de la relación tanto de Jesús con su rebaño como aquella de Él con su Padre.
En la vida de la fe cristiana las relaciones son esenciales, porque fuimos creados por amor, para amar y para ser amados, porque Dios quiso entrar en relación con sus creaturas y nos dio una vocación de vida en común. Es más, fuimos salvados de la muerte eterna por Cristo, porque Dios no permitió que el pecado arruinase su plan que buscaba hacernos partícipes del amor infinito que fluye entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Las ovejas, que somos nosotros, gozamos del privilegio de que nuestro Pastor sea Jesús, quien nos da la vida eterna y nos cuida de tal modo, que asegura que nadie nos arrebatará de sus manos… manos tiernas y compasivas que sanan nuestras heridas. Y, a partir de esa relación de amor con Él, entramos en la dinámica del amor comunitario, porque si somos amados así por Jesús, estamos llamados a cuidarnos entre todos como ovejas suyas, cultivando relaciones de respeto y de justicia en la sociedad.
El detrimento de la convivencia nacional e internacional a la que asistimos nos interpela fuertemente como ovejas de un mismo rebaño, y no de cualquiera, sino del de Jesús. Es un acto de gratitud para con Dios y de coherencia con nuestra fe promover climas sociales que fortalezcan las relaciones humanas por medio de las cuales construimos la sociedad. Y en eso todos tenemos responsabilidad, ya que los modos de relacionarnos comienzan en el hogar y trascienden a las escuelas, los lugares de trabajo, la política, los barrios, etc.
Si tomamos conciencia de que todos pertenecemos al rebaño amado de Dios, de seguro podremos volver a tratarnos como hermanos y amarnos de un modo tan fecundo que, con la gracia del Señor, podremos contribuir a renovar la faz de la tierra.

