Ansiosos de ver y creer – P. Felipe Herrera
La Resurrección de Jesús que celebramos este Domingo de Gloria no es una mera vuelta a la vida, una simple reanimación de su cuerpo. Este hecho esencial de nuestra fe cambió para siempre la historia al revelar que el Amor más grande por nosotros, consumado en una cruz, venció al mal, a la muerte y al pecado ¡para siempre!
Este es un misterio que se va entendiendo de a poco mientras avanzamos en el camino de la fe, pero que lleva en sí siempre el germen de la alegría y comunica la fuerza de empujarnos a compartir la Buena Noticia: Cristo Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, ofreció su vida por nosotros y ahora vive eternamente, y en Él hemos recibido una vida nueva como hijos adoptivos de Dios.
De seguro María Magdalena no captó todo esto al encontrar la tumba vacía esa mañana bendita de la Resurrección. Sin embargo, la experiencia de haberse dejado amar por Jesús en su debilidad la impulsó a correr para anunciar que su Señor ya no estaba en el lugar de la muerte. Y luego corrieron Pedro y Juan, ansiosos de ver y creer lo que el mismo Jesús les había prometido: que resucitaría al tercer día. La vida había renacido desde la muerte real, no desde la apariencia, sino desde la aniquilación de uno que había hecho de su cuerpo torturado y de su sangre derramada una ofrenda expiatoria por nuestros pecados. Así, la vocación humana original a la comunión con Dios, con los hermanos y con toda la creación volvía a ser factible porque Él nos amó primero.
Hoy, en medio de los signos de muerte que se ciernen sobre nuestra Patria y sobre el mundo, la Pascua hace que resucite también nuestra esperanza, como le ocurrió a la Magdalena. Hoy la fe nos recuerda que el bien y el amor tienen ya la victoria y la última palabra, y eso nos anima a perseverar en nuestra misión de ser signos vivos de Cristo en las realidades cotidianas, en las heridas sangrantes que oprimen a la sociedad y en la búsqueda de una justicia que engendre la paz.
En Cristo, la Misericordia ha vencido al odio y al rencor y ha disuelto las ataduras de la muerte. En consecuencia, somos llamados a celebrar el Misterio Pascual amando en lo concreto, con esa misma misericordia, a cada persona sobre la tierra, en especial a los más frágiles y a los más pobres.

