09 Mar 2022

¡Escúchenlo! – P. Felipe Herrera

Jesús había subido con tres de sus discípulos más cercanos a un lugar en altura y allí se había transfigurado. Sus polvorientas ropas lucían un blanco deslumbrante. Tras el cansancio del ascenso, la imagen era espléndida, reconfortante. Sí, sobre todo porque poco antes les había anunciado a sus amigos que debía padecer hasta la muerte, pero ahora los hacía participar de modo anticipado de su gloria. De hecho, estaban tan impresionados ante esta manifestación divina, que Pedro proponía prolongar el momento al ver lo bien que se estaba allí. Pero aún quedaba mucho camino por recorrer hasta la cruz. Una cruz que, lo sabemos, es el punto de inflexión existencial que conduce a la resurrección y al triunfo de la vida por sobre la muerte, del bien sobre el mal. Pero no por eso es menos cruz.

Y en ese contexto Dios deja sentir su voz de Padre, con la cual no solo expresa la filiación de Jesús, sino que da un mandato que suena casi a súplica: “¡Escúchenlo!”. Se lo dice a Pedro, Santiago y Juan, pero también a cada uno de nosotros. En medio de las crisis de Chile y de las guerras que nos asolan, hoy la voz del Padre vuelve a resonar como un grito desesperado: “¡Escúchenlo!”. En la cumbre del monte Tabor, en un momento particular de revelación, el único mensaje de Dios para los tres apóstoles atemorizados fue: “Este es mi Hijo, el Elegido, ¡escúchenlo!”.

Por eso, cabe plantearse la pregunta de si realmente escuchamos a Jesús. ¿Cuán asiduos somos a escuchar y meditar la Palabra de Dios? Sí, la palabra “de Dios”, no cualquier palabra, sino aquella que alabamos con reverencia en la misa, pero que no siempre deviene nuestra referencia como regla de vida. ¿Cuán atentos estamos para escuchar el grito de Jesús en quienes sufren, en aquellos que Él mismo nos explicó que lo que hiciéramos con ellos se lo hacíamos a Él? ¿Cuán frecuentemente escuchamos el clamor de la historia interpelándonos a dar una respuesta cristiana a los signos de los tiempos?

Esta Cuaresma, marcada por el dolor de una sociedad que se auto inflige cada vez más heridas y divisiones, puede ser un tiempo propicio para callar un rato, para dejar de lado la respuesta irreflexiva y para escuchar un poco más. Sobre todo, al Hijo de Dios. “¡Escúchenlo!”.