22 Oct 2021

Nuestra ceguera del alma – Mons. Cristián Roncagliolo

Queridos hermanos,

La palabra de Dios hoy nos interpela con inusitada fuerza. Al aproximarnos al Evangelio nos encontramos con un hombre que, por ser ciego, no puede ver. Esto implica que no podía contemplar a las personas, los colores, la belleza, la naturaleza; no podía ver a sus padres, a su familia, a quien amaba. Pero, esa limitante ceguera física en ningún caso le impedía mirar con los ojos de la fe y reconocer a Dios. Por ello es que ese hombre, a pesar de su ceguera física le dice a Jesús: “Maestro, que pueda ver”. El Señor de la misericordia, ante tal demanda, no se deja esperar y responde: “Anda, tu fe te ha curado”. La súplica de quien ve con los ojos de la fe, encontró acogida en el corazón de Jesús, quien le devolvió la vista.

Sin duda, el hecho relatado en el Evangelio alude a una enfermedad física –la ceguera– pero no podemos soslayar que también insinúa una realidad espiritual: las cegueras del alma. Cuántos de nosotros estamos ciegos, no vemos aunque nuestros ojos están sanos; cuántas veces no vemos al migrante que está botado en el camino, no vemos la gravedad de la violencia que pareciera tener carta de ciudadanía entre nosotros, no vemos la cultura de la muerte que se instala en nuestras leyes normalizando males como el aborto, la eutanasia y tantos otros flagelos. Pero también hay otras cegueras que nos acompañan, como la incapacidad de ver las injusticias o el materialismo lacerante que campea entre nosotros con carta de ciudadanía, o la indiferencia frente al dolor de tantos que hoy son excluidos o descartados. Estas y otras situaciones, se hacen parte de la cotidianidad porque no las vemos o no las queremos ver, oscureciendo nuestras vidas y robándonos silenciosamente la esperanza.

¿Qué nos dice el Evangelio frente a esta realidad? El ciego nos da una pista clave: reconocer la propia ceguera. Debemos pedir una y otra vez la sabiduría para discernir y la luz de la fe para leer los acontecimientos de la vida con los ojos de Jesús. La escritura nos enseña que “lámpara es la palabra de Dios para nuestros pasos y luz para el sendero”. Una y otra vez hemos de volver a la fuente de la vida que es Cristo, para comprender desde el los acontecimientos, discernir y seguir, como dice Jeremías, “el camino llano en que no tropezarán”.

Nos ayuda mucho a disipar las cegueras el hecho de cultivar una vida espiritual robusta. Ello nos permite mirar más lejos y más hondo; también nos ayudan los buenos consejos de personas prudentes que abren nuestra mente, a veces, encerrada. En fin, ayuda mucho el aceptar que podemos estar ciegos porque eso nos abre a pedir consejo, a dejarnos ayudar y a mirar la realidad con actitud de mayor discernimiento.

Feliz domingo.