Servir y beber el cáliz – P. Felipe Herrera
La liturgia de este domingo coincide con la fiesta del Apóstol Santiago. El relato del Evangelio nos presenta la escena en que la madre de los hermanos Zebedeos, Juan y Santiago, pide para sus hijos los primeros puestos en el Reino de Dios. A la perplejidad de Jesús ante tal requerimiento se suma la indignación de los demás apóstoles que, seguramente, también aspiraban a las más altas dignidades al lado del Maestro.
¡Cuánta paciencia la del Señor, con ellos y con nosotros! Mucho les costó a sus discípulos comprender que el Reino anunciado y promovido por Jesús no era un logro humano, una construcción sociológica cuya plenitud se vería en la historia. El Reino es ante todo promesa de aquel imperio del amor de Dios que solo conoceremos a cabalidad en la vida eterna, pero que como cristianos tenemos la vocación y el deber urgente de hacer presente en el hoy. ¿Podríamos, acaso, rezar cada día “venga a nosotros tu Reino” y, al mismo tiempo, impedir con nuestras acciones su advenimiento?
Así, la misión evangelizadora que asumimos como cristianos implica eminentemente adelantar la presencia de ese Reino en nuestra vida concreta, actuando según la ley de Jesús, nuestro Rey, y esa ley es el amor hasta el extremo. Vivir sometidos a este mandamiento nuevo y liberador ha de traducirse, para cada cual desde su propia realidad, en la promoción permanente de la dignidad de todo ser humano. Si Jesús nos enseña que “el que quiera ser grande, que se haga servidor”, este es el gran servicio que como cristianos podemos prestar: ser constructores de un orden social cuyos rasgos distintivos sean la fraternidad, el respeto y la cohesión.
La convulsión social que atravesamos es un escenario que se nos ofrece propicio para trabajar por el Reino, en primer lugar, como facilitadores del diálogo. Luego, como testigos del amor que sabe renunciar al bien propio en vistas del bien común. Y, finalmente, como artesanos de una paz estable que solo puede brotar como fruto maduro de una verdadera justicia. Esta vocación de servicio cristiano es un camino de gran esperanza, pero también un camino de cruz, que supone la incomprensión, la renuncia de sí mismo y el dolor. Y Jesús, como a Santiago y Juan, nos interpela también a nosotros: “¿Pueden beber el cáliz que Yo beberé?” Solo la gracia de Dios nos puede ayudar a responder esa pregunta, no de palabra, sino con una vida entregada.

