Ni solos ni sin tarea – P. Felipe Herrera
La fiesta de la Ascensión del Señor nos introduce en el misterio de que Dios permanece en medio del mundo a través de su Iglesia, la que recibe de Él la misión de hacerlo presente: “Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación”. Jesús sube al cielo, pero no nos deja ni solos ni sin tarea.
Comienza así el tiempo de la acción de la Iglesia, que pronto recibirá el Espíritu Santo como garantía del impulso divino que está en el origen de este dinamismo esencial. La comunidad cristiana primitiva fue fiel a este mandato del Maestro, pues “fueron a predicar por todas partes”. La perplejidad inicial de los apóstoles cuando lo vieron regresar junto a su Padre no los dejó pasmados, sino que se tradujo en un anuncio gozoso.
Las circunstancias sociales y eclesiales de hoy, tanto a nivel local como global, muchas veces también nos dejan perplejos, pues nos faltan categorías para comprender los cambios que se producen de manera cada vez más vertiginosa. Una reacción demasiado veloz ante esto podría ser arriesgada, porque estaría cargada de irreflexión e imprudencia. Sin embargo, no podemos quedarnos pasmados, porque una respuesta tardía a los desafíos actuales tampoco sería fiel a la misión cristiana de anunciar, a tiempo y a destiempo, que Cristo es la clave para salir de las crisis. Pero no un Cristo teórico, inasible, etéreo, sino un Cristo encarnado, como aquel que regresó al Padre y que permanece con nosotros.
Los cristianos de hoy, como aquellos de los inicios, estamos compelidos a vivir nuestra misión inundando nuestros ámbitos existenciales con la presencia de un Dios que ama al mundo hasta el extremo. Así, hemos de llenar de Cristo la política, la economía, la empresa, el barrio, la escuela, las asociaciones, la familia, etc. Y esto solo podremos hacerlo amando también nosotros hasta el extremo, lo que se ha de plasmar en cada una de las decisiones que tomemos y que han de estar cimentadas en los valores del Evangelio. Esa es la concreción más clara del anuncio de la Buena Noticia, y que exige de nosotros un testimonio de vida coherente, claro, lleno de justicia y de la verdad, de la misericordia y de la ternura de Dios. De este modo, como los apóstoles tras la Ascensión, podremos “predicar por todas partes” no solo ideas, sino a Jesús mismo.

