Vayamos al encuentro del Resucitado – P. Felipe Herrera
En este Domingo de la Divina Misericordia, la Iglesia nos presenta a Jesús Resucitado que se aparece a sus apóstoles, quienes permanecían encerrados por temor. “¡La paz esté con ustedes!” fue su primer mensaje y también el don inmediato que les regaló a aquellos que estaban replegados tras el fracaso de la cruz y aún incrédulos ante el testimonio de las mujeres que anunciaban la resurrección. Acto seguido, y evocando aquel gesto de los orígenes con que el Creador infundió la vida a Adán, Jesús sopló sobre ellos y les comunicó su Espíritu Santo, fuente vital para la Iglesia y el mundo.
Esta misma escena se repite a diario en nuestras propias existencias individuales y sociales, en nuestros trabajos, empresas, barrios, familias, en Chile y en el mundo entero. Es cierto que el temor cotidiano ante la realidad desfavorable nos bloquea y desorienta, pero no es menos cierto que Dios viene constantemente a nuestro encuentro, trayéndonos su paz y la fuerza de su gracia, para que obremos como testigos coherentes de su Resurrección. Y eso, como consecuencia de nuestra fe profesada y vivida, ha de transformarnos en constructores de su Reino en el aquí y el ahora.
El cansancio de la pandemia y la profundización de la crisis social pareciera hundirnos cada vez más, y la tentación de encerrarnos como los apóstoles puede resultar muy recurrente. Pero hay una propuesta mayor que nos trae el Evangelio de este domingo, que es la de tocar las llagas de Jesús y descubrir su presencia operante aun en medio de la adversidad.
Contemplar el misterio de la Pascua en estos días nos debe llevar a comprender a cabalidad que el Señor resucitó, nada más ni nada menos, que desde la misma muerte. Sí, el amor hasta el extremo encarnado y ofrecido por Jesús lo llevó a vencer aquello que hasta entonces parecía imposible: la muerte, la suya y la de toda la humanidad. La Resurrección de Jesucristo, hecho fundamental de nuestra fe, nos ha de sostener en este complejo tiempo de prueba, y movilizarnos para responder a los desafíos que nos plantea la historia.
Desde nuestras angustias de cada día vayamos al encuentro del Resucitado, que nos espera con sus manos abiertas, marcadas con las llagas del amor y la misericordia, y toquémoslo en quienes hoy llevan esos signos de dolor e injusticia que claman por ser redimidos. Tal vez entonces también podremos decir con fe renovada “Señor mío y Dios mío”.

