11 Nov 2025

Ver lo positivo y generar esperanza – P. Fernando Montes, SJ

Se acercan las elecciones, momento importante de nuestra democracia. La Conferencia Episcopal nos ha invitado a participar con un serio e informado discernimiento. Nuestra participación consiste no sólo en votar, sino también en participar en conversaciones que crean un ambiente que orienta a los votantes. 

En esta reflexión me inspiro hoy en Santo Tomás de Aquino que afirma que nadie está tan lejos de la verdad que no tenga algo de verdad. Me inspira también San Ignacio de Loyola que, al comenzar sus Ejercicios dice que se presupone que todo buen Cristiano debe estar pronto a salvar la proposición del prójimo. Vale decir, estar abierto al diálogo. Además, al enseñar cómo se hace un correcto examen de conciencia pone como primer punto darle gracias a Dios por todas las gracias recibidas y por lo bueno que hemos hecho. Desgraciadamente con el tiempo el examen de conciencia se hizo negativo, olvidó este primer punto y se concentró en revisar las faltas y pecados. Estos autores nos invitan a tener un diálogo abierto y esperanzador. Me inspiro también en el padre Hurtado que insistió que el cristianismo no consiste sólo en orar sino comprometerse a generar un mundo más justo, dialogante y fraternal.

Me impresiona que nuestras conversaciones sobre la realidad nacional sean generalmente muy negativas. Acentuamos los defectos sin poner atención a lo positivo y al progreso que ha experimentado nuestro país. Esa crítica destruye la esperanza y el diálogo termina paralizando. Karl Mannheim, en su libro Ideología y Utopía, afirma que hay dos tipos de utopías: una absoluta y otra relativa. La primera pretende ideales absolutamente inalcanzables e inmediatos. Por eso, ella normalmente genera la sensación de fracaso. La utopía relativa, por el contrario, pretende ideales que, aunque parezcan inalcanzables en el presente, se pueden alcanzar si sabiamente se van creando las condiciones. Bismarck afirma que la política es el arte de lo posible. Es decir, es el arte de ir haciendo posible lo que pareciera imposible. Por eso ella genera una esperanza razonable, pero supone manejar el tiempo con realismo.

Generalmente el populismo tiene una visión política inmediatista y muy pesimista del presente y por eso se propone objetivos utópicos a muy corto plazo. Eso genera normalmente  mucha frustración y descontento. Se le pide a un presidente que al año de haber asumido el gobierno haya cumplido todas sus promesas. Nadie puede lograr eso. Hay que darle un plazo razonable para avanzar con gradualidad. No se resaltan sus aportes sino sus errores. Si nos comparamos con países de la OECD y sobre todo con los latinoamericanos, no deberíamos ser tan negativos, aunque obviamente estamos todavía lejos del pleno desarrollo. Es razonable que deseemos seguir progresando, a condición de que no olvidemos lo que hemos avanzado. Tenemos que generar una política que vaya creando las condiciones propicias para un desarrollo integral. Nuestras conversaciones no deberían hundirnos en la oscuridad sino abrirnos a la esperanza. Como dijo el Papa Francisco en su Bula Spes non Confundit (La Esperanza no confunde): “Por ello, es necesario poner atención a todo lo bueno que hay en el mundo para no caer en la tentación de considerarnos superados por el mal y la violencia”.