Un tesoro, una perla… un Reino de plenitud – P. Felipe Herrera
El centro de la predicación de Jesús es el Reino de los Cielos. Sus palabras y sus obras se alinean para prometernos un futuro de plenitud absoluta en la Eternidad, una realidad que Él presenta como un Reino. Y no obstante que es algo que vendrá, ya se puede hacer presente en nuestros días si nos amamos como Él nos ha amado. Ahora bien, Jesús es claro al explicar que dicho Reino no es un lugar concreto ni menos un tipo de gobierno para regir a los pueblos, sino que es más bien la manifestación del amor del Padre reinando en nuestras vidas. En otras palabras, el Reino de Dios es reconocer y hacer de Dios nuestro Rey y, por ende, guiarnos por su Ley de Amor. A partir de esa fuente esencial de vida nuestro testimonio cristiano podrá expandir el fuego divino de caridad, justicia, misericordia y paz en todo el mundo.
En los evangelios el Señor utiliza un sinnúmero de imágenes para describir parcialmente a qué se parece el Reino de los Cielos. Y es que una sola metáfora no alcanza para ilustrar la magnitud del don que nos hace Dios al invitarnos a la plenitud de la vida junto a Él y a nuestros hermanos. Entre otras figuras, las lecturas de este domingo nos ofrecen las del tesoro oculto y la de la perla fina, ambas representando ese Reino por el que vale la pena “venderlo todo”.
Este pasaje bíblico no dice que las personas que encontraron el tesoro y la perla hayan hecho un análisis de los escenarios de inversión y los cálculos necesarios para tomar la arriesgada decisión de concentrar todo su capital en un solo bien. Al contrario, pareciera ser que “algo” los empujó a actuar de modo acelerado para no perder la oportunidad de quedarse con aquello que habían encontrado. Y, sin duda, ese “algo” fue el valor infinito de una vida que por la eternidad estará jalonada por relaciones de amor, justicia, cariño y respeto, y donde los deseos de cada persona serán saciados en la comunión con Dios y con los hermanos… ¡El Reino de los Cielos!
Cabe preguntarse si nosotros, como los personajes del evangelio, hemos comprendido bien qué implica la invitación y la promesa de Jesús de participar del Reino de los Cielos. ¿Qué pasa que no hemos “vendido todo” para entrar en la dinámica virtuosa de acelerar la llegada de ese Reino a nuestros días? ¿Por qué nos cuesta tanto comenzar a vivir los valores de ese Reino en la actualidad, haciendo brillar el amor, la justicia y la paz? La oración cotidiana del Padre Nuestro nos dará la oportunidad privilegiada de meditar sobre esto cada vez que, ahora con más conciencia, digamos ¡venga a nosotros tu Reino!
