14 Nov 2016

Soledad Neumann – El país que anhelamos

Hace un tiempo, en USEC hicimos una encuesta a 100 líderes intelectuales chilenos. El objetivo era recoger sus apreciaciones respecto de nuestra situación actual y sus proyecciones para el país a 10 años plazo. Queríamos conocer de primera fuente con qué Chile soñaban y cuál era el rol que ellos le asignaban a la empresa en la concreción de esa visión. 

El diagnóstico inicial que recibimos fue un tanto pesimista; en gran parte debido al permanente cuestionamiento a las instituciones políticas, religiosas y económicas, a nivel mundial y local, y a la desconfianza de la gente en quienes detentan el poder en el mundo público y privado. Sin embargo, se mostraron muy esperanzados en que sí es posible construir una nación más unida y solidaria. Un país en el que prime la meritocracia, que crezca en cultura ciudadana, que respete al prójimo, que progrese en lo económico de la mano del desarrollo integral de las personas. 

La inmensa mayoría identificó a la empresa como el gran agente de cambio para el florecimiento de la sociedad actual, la encargada de brindar un espacio para el desarrollo humano, la formación y el perfeccionamiento profesional y personal. Asimismo, le atribuyeron a los directivos la responsabilidad de crear ambientes laborales en el que los colaboradores sean felices y respetados en su dignidad.

Otros puntos destacados fueron la necesidad de construir un país con mayor probidad, en el que existan “líderes políticos y empresariales respetados y respetables”. Una nación en la que haya “más movilidad social, un mayor cuidado del medioambiente, más y mejor salud y educación, y el fortalecimiento de un modelo de libre mercado justo, en el que se inhiba el mal uso de las libertades individuales”. 

También manifestaron la urgencia de edificar una comunidad que “promueva una noción de justicia intergeneracional”, que nos haga conscientes de cómo todos somos responsables del futuro que heredaremos a las próximas generaciones. Una sociedad que premie el esfuerzo, en donde haya más trabajo y mayores condiciones para el emprendimiento. Un Chile más inclusivo, que dé una mejor calidad de vida para todos”. En suma, un mejor país. 

Quiero detenerme en estos últimos dos puntos. En primer lugar, ¿a qué nos referimos cuando hablamos de inclusión? Llevándola al contexto social, podríamos decir que se relaciona con la cohesión, la justicia, y que implica integrar a todos los miembros de la sociedad, independiente de su origen, actividad, condición socioeconómica o pensamiento. También consiste en crear espacios virtuosos en los que las personas puedan opinar, generar innovación, desplegar sus talentos, aunar voluntades, habilidades y conocimientos en torno a un propósito colectivo común.

En Chile estamos al debe en varios frentes en cuanto a este tema. Desde la inclusión de las personas con capacidades diferentes, los inmigrantes, los grupos étnicos y los adultos mayores, hasta la incorporación laboral de jóvenes y mujeres. Respecto de éstas, si bien su inserción ha aumentado a lo largo de los últimos años (en 1990 era un 32.5% y en 2014 llegó a 48.4%), Chile aún está por debajo de otros países de América Latina. Además, se mantiene una brecha significativa en su presencia en cargos ejecutivos y de alta dirección. De hecho, el porcentaje de mujeres en directorios representa sólo un 3% del total de mujeres activas versus un 97% de hombres directivos. 

La falta de participación femenina en el mercado laboral chileno implica un desafío al que las empresas debieran darle prioridad. Está demostrado que los equipos balanceados, integrados por hombres y mujeres son más productivos y toman mejores decisiones. En el campo laboral –así como en muchos otros– el complemento hombre-mujer es necesario, porque somos diferentes y aportamos visiones distintas, complementarias, que enriquecen la discusión de cualquier equipo.

Este desafío trae consigo un requisito esencial: el desarrollo de estrategias para conciliar trabajo y familia dentro de las organizaciones. Pero no sólo como un modelo para favorecer la integración de la mujer, sino como una forma de gestión que beneficie también al hombre y permita, de esta manera, la necesaria corresponsabilidad de roles en el ámbito familiar. 

Esto me lleva al segundo punto: la obtención de una mejor calidad de vida. Como seres humanos habitamos una “casa común”, cuyo cuidado depende de toda la sociedad. Para que eso ocurra necesitamos personas comprometidas, capaces de ponerse en el lugar del otro, de establecer relaciones saludables en un marco de respeto a la dignidad humana orientada al bien común. ¿Dónde se desarrollan inicialmente todas esas habilidades? En la familia, célula social básica en la cual aprendemos a vincularnos con otros, a tolerar la frustración, a negociar, a dar y recibir, entre otras cosas. 

Como personas en formación, desde la infancia requerimos modelos maternos y paternos, el apoyo y contención de la madre y también la figura del padre. No obstante, si no existe corresponsabilidad entre los géneros ni políticas efectivas de conciliación trabajo-familia, es muy difícil que ambos puedan estar presentes para guiar a sus hijos. Esto repercute directamente en el tipo de personas que esos niños serán en el futuro. ¿Tendremos hombres y mujeres capaces de reconocerse en el otro? ¿Directivos y ejecutivos conscientes del rol vital de la empresa como agente generador de cambios sociales positivos? ¿Líderes inspiradores, que promuevan ambientes de trabajo que conduzcan a la realización personal y aporten al crecimiento sostenible de toda la sociedad? Probablemente no. 

Es prioritario que empresarios y directivos de empresas se preocupen hoy de generar cambios que nos lleven a incrementar la necesaria inserción de la mujer en el mercado laboral; que promuevan normativas eficaces para apoyar la conciliación de la vida familiar con el trabajo y la corresponsabilidad entre ambos géneros. De esta forma, construiremos juntos una sociedad más justa, solidaria y fraterna como la que sueñan esos 100 líderes, y que yo también anhelo, para el Chile de los próximos 10 años. 

Soledad Neumann R., Directora Ejecutiva USEC
Publicación: Revista ANDA, edición Noviembre- Diciembre 2016.