La parábola del Padre Misericordioso – P. Osvaldo Fernández de Castro
Este domingo escuchamos una de las parábolas más conocidas y más queridas de todo el Evangelio: el Hijo pródigo. Rápidamente nos sentimos identificados con ese hijo que en algún momento se pierde y quiere volver a casa arrepentido. Pero la parábola no se trata del hijo, sino del Padre misericordioso. Cristo, en todo el evangelio, nos quiere mostrar una y otra vez el verdadero rostro de Dios: un Padre que nos ama de forma incondicional.
Vemos que tanto el hijo menor, el que se va de casa, como el hijo mayor, que siempre estuvo ahí, entienden la relación con su padre como alguien a quien deben servir y de quien reciben la paga a final de la tarde. Incluso al volver el hijo menor quiere someterse a ese régimen. Pero es precisamente esa relación comercial con Dios la que Cristo viene a cambiar: no somos servidores de Dios, sino que somos sus hijos. Y nuestro Padre no nos ama como retribución por nuestras obras, sino que su amor hacia nosotros es el punto de partida de nuestra vida, la razón por la que somos cristianos.
Cuando lo entendemos así, todo empieza a cambiar. Entonces nuestra vida cristiana consiste en vivir como hijos amados de Dios, confiando en su proyecto de vida sobre nosotros. Y si Dios es Padre, significa que somos hermanos. Entonces vivir como hijos de Dios nos significa vivir como hermanos entre nosotros.

