La lección de Oro de Francisca Crovetto – Enrique Cruz
“Los sueños se cumplen, trabajen duro por ellos, levántense de cada dificultad y construyan lo que tanto sueñan, porque nada es imposible (…)”. Ése fue el mensaje con que la deportista nacional Francisca Crovetto, daba cuenta de su histórico logro: alcanzar el Oro en tiro skeet en los Juegos Olímpicos de París. Veinte años después de la hazaña de Nicolás Massú y Fernando González en Atenas, es el tercer oro olímpico para Chile, y la primera deportista mujer en alcanzarlo para nuestro país.
Como en esa ocasión, y en otras en donde chilenos han alcanzado la cima deportiva, han podido unir a los chilenos en torno a una sola bandera y un solo color, devolviendo la esperanza al país en torno a los valores del esfuerzo y un propósito trascendente. Valores que, según la última encuesta CEP, representan al 86% de la población.
Justamente, hoy conmemoramos a nuestro campeón de la solidaridad: San Alberto Hurtado (1901-1952), cuya muerte nos une desde 1994 en torno al Día de la Solidaridad.
Ustedes se preguntarán, ¿qué tiene que ver la solidaridad con el esfuerzo personal? La verdad es que mucho. Normalmente se tiende a pensar que la solidaridad es la distribución de los recursos, generalmente del Estado. Al contrario, la verdadera solidaridad tiene mucho más que ver con nuestro servicio a los demás.
La solidaridad, en palabras de San Juan Pablo II, se refiere a “la voluntad de contribuir, de manera más amplia y generosa, al bien común de todos”. En otras palabras, la solidaridad es “la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos”.
Así, la solidaridad no es más Estado, sino “la fuerza de la sociedad civil, de cómo cada persona y cada organización -familia, cuerpos intermedios y comunidad política-” aporta voluntariamente al bien común. Por eso, tiene mucho que ver con el esfuerzo de los particulares, entre ellos, de las empresas.
Las empresas se encuentran en una posición privilegiada para servir al bien común: son un verdadero “Chile chico”, con sus esperanzas, dolores y anhelos. Como comunidad de personas, puede vivir la solidaridad “hacia adentro”, con sus colaboradores y sus familias. Pero también puede vivir la solidaridad “hacia afuera”, como actor relevante de transformación social, procurando dar lo que le corresponde a cada stakeholder.
La solidaridad genera un bien tanto en quien la recibe como quienes voluntariamente la practican. Promoverla al interior de las empresas es un motor que genera todas las condiciones necesarias para que los equipos den lo mejor de sí y conecten con su propia felicidad. Se equivocan quienes creen que los voluntariados y campañas solidarias que realizan los colaboradores en su espacio de trabajo afectan la productividad o desvían la atención del resultado. Por experiencia propia, puedo decir que es al revés: aumenta los niveles de confianza, mejora el trabajo en equipo, aumenta el compromiso, el sentido de propósito y de pertenencia, disminuye la queja y favorece la gratitud, entre otros factores estratégicos muy necesarios, tanto para el éxito de las empresas en el mundo de hoy, como para el desarrollo propio de sus colaboradores y la construcción de una sociedad más fraterna.
Tenemos muchos desafíos como país: la seguridad, el crecimiento económico o nuestra vulnerabilidad ante los desastres naturales, como los estragos que causó el último temporal. Tenemos mucho que hacer, a nivel personal y en nuestras organizaciones. Que este Mes de la Solidaridad nos inspire cada vez más a servir al crecimiento económico, social, cultural y espiritual del país.
Columna publicada el domingo 18 de agosto de 2024, en El Líbero.
