La Justicia sin la caridad no realiza un orden social justo – Mons. Juan Ignacio González
En la celebración litúrgica de este domingo se nos presenta la famosa parábola del Buen Samaritano (Lucas 10,25-37). Todos conocemos su contenido esencial. Nos fijaremos, para nuestra breve reflexión, en la actitud de uno de los que pasó al lado del herido en el camino, que era de quién menos se podía esperar un acto de amor y cercanía con el sufriente: “Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión; y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él”.
Jesús pone el ejemplo de este hombre como un signo de amor al prójimo. Parece algo lejano a nuestro tiempo, pero es cercanísimo. Vivimos en una época en que el individualismo campea. Incluso en las ideologías que hoy intentan dominar nuestra sociedad, la misma caridad puede resultar un término extraño y ausente. Pareciera que la caridad es algo que es exigible a quien es persona religiosa. Pero la Doctrina Social de la Iglesia ha enseñado siempre que la justicia social nunca podrá ser alcanzada sin la caridad. Benedicto XVI enseñó que el orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política. “Un Estado que no se rigiera según la justicia se reduciría a una gran banda de ladrones, dijo una vez Agustín”. Pero en la sociedad que aspira a la justicia “el amor —caritas— siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa. No hay orden estatal, por justo que sea, que haga superfluo el servicio del amor. Quien intenta desentenderse del amor se dispone a desentenderse del hombre en cuanto hombre. Siempre habrá sufrimiento que necesite consuelo y ayuda”. Este binomio se ha separado en muchas sociedades, especialmente cuando las leyes no dan lugar al ejercicio de la caridad ni la incentivan, como, me parece que sucede en Chile.
Estas consideraciones son especialmente aplicables a los empresarios grandes y pequeños, a todos aquellos que tienen el don de crear riquezas, pero que no encuentran un camino adecuado, reconocido como parte de su misión, para extender la caridad y por ello ser reconocidos por el sistema estatal y las normas tributarias. Algunas veces el que quiere ser generoso sale castigado en el pago de sus tributos.
Cuando comienzan a discutirse reformas a los sistemas impositivos, sería del todo lógico que estas breves consideraciones ayudaran al establecimiento de un sistema profundamente solidario, no sólo por la acción redistributiva de las políticas estatales, sino porque está en el corazón del ser humano la fraternidad, en especial con los más pobres. “Una parte de la estrategia marxista es la teoría del empobrecimiento: quien en una situación de poder injusto ayuda al hombre con iniciativas de caridad —afirma— se pone de hecho al servicio de ese sistema injusto, haciéndolo aparecer soportable, al menos hasta cierto punto. Se frena así el potencial revolucionario y, por tanto, se paraliza la insurrección hacia un mundo mejor. De aquí el rechazo y el ataque a la caridad como un sistema conservador del statu quo. En realidad, ésta es una filosofía inhumana. El hombre que vive en el presente es sacrificado al Moloc del futuro, un futuro cuya efectiva realización resulta por lo menos dudosa. La verdad es que no se puede promover la humanización del mundo renunciando, por el momento, a comportarse de manera humana”.
El Papa Francisco al comentar la luminosa enseñanza de la Encíclica “Deus caritas est”, ha vuelto a señalar que la caridad es el corazón de la vida de la Iglesia. Podríamos decir que la caridad, con su nombre nuevo, la solidaridad, es también el centro de la vida de la comunidad política y de la economía verdadera. Si queremos avanzar a una sociedad con más justicia, equidad e igualdad de oportunidades, se impone revalorizar la caridad, tanto en la vida personal, como en el orden social. Es una tarea siempre presente, pero la velocidad del avance puede ser mucho mayor.
