Cómo ser exitoso y humilde a la vez – Mons. Juan Ignacio González
Es difícil comprender el significado que tiene para cada uno la enseñanza de Jesús en este Domingo: “notando que los convidados escogían los primeros puestos, les decía una parábola: Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y venga el que te convidó a ti y al otro, y te diga: Cédele el puesto a este. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto”. Luego recomienda ir a tomar el último puesto, para luego ser promovido.
Como siempre, detrás del ejemplo de Jesús hay una enseñanza mucho más profunda, como se señala en el mismo pasaje. “Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido”. San Agustín usa un ejemplo que nos puede ser particularmente cercano: “Si quieres ser grande, comienza por ser pequeño; si quieres construir un edificio que llegue hasta el cielo, piensa primero en poner el fundamento de la humildad. Cuanto mayor sea la mole que se trate de levantar y la altura del edificio, tanto más hondo hay que cavar el cimiento. Y mientras el edificio que se construye se eleva hacia lo alto, el que cava el cimiento se abaja hasta lo más profundo. El edificio antes de subir se humilla, y su cúspide se erige después de la humillación”.
En un mundo de competencia, donde el qué dirán, las preeminencias y los primeros lugares son apetecidos e incluso se les vincula con el éxito empresarial, estas enseñanzas de Jesús son muy exigentes. En especial cuando existe una cierta mentalidad que cree que todos los que triunfan y logran crear riqueza y desarrollo, lo hacen aprovechándose de los demás. Es posible que en Chile sea el país donde la siembra de la lucha de clases, propia de la dialéctica marxista, haya encontrado mejor tierra. Por eso, este evangelio pone el dedo en la llaga al llamar a todos a una humildad verdadera y, en particular, para quienes tienen puestos de preeminencia en la sociedad. Ya sabemos que “Cuanto más alta se alza la estatua, tanto más duro y peligroso es después el golpe en la caída” (Surco 269). Un buen camino es seguir este otro consejo sabio “Cuando percibas los aplausos del triunfo, que suenen también en tus oídos las risas que provocaste con tus fracasos”. Porque siempre en la vida los hay y son para crecer.
Un signo de la humildad de un empresario es el empeño que pone en tratar con máxima dignidad a sus empleados, porque como enseñó Benedicto XVI: “toda empresa ha de considerarse, en primer lugar, como un conjunto de personas, cuyos derechos y dignidad se deben respetar. Agregando que “en otros términos, la vida humana y sus valores deben ser siempre el principio y el fin de la economía”. Solo por estos caminos superaremos las contradicciones dialécticas que los ideólogos quieren hacer triunfar y que se oponen a la única regla aceptable: el amor de los unos por los otros, según el mandato de Jesús.
