28 Oct 2024

“Ciudadanos del Cielo, no del suelo” – P. Carlos Irarrázaval

Se nos regala hoy la Fiesta de Todos los Santos. Nos gusta mirar al Cielo y ver, en hombres y mujeres comunes y corrientes, un ejemplo para imitar. ¡¡Son nuestros hermanos mayores!!, a los que nuestros padres buscaron, invocando su protección, para que nos iluminaran y aconsejaran en la vida para no perder el rumbo. A través de su intercesión, al ponernos el nombre que llevamos –a veces repetido de generación en generación, otras veces por devoción y algunas por imitación–, en el fondo nos regalan para la vida una alianza estratégica para el más grande de los emprendimientos personales: La Santidad.

Un nombre normalmente nos habla de un “alguien”, que hizo algo, y si es en la Fe, que lo hizo de cara a un Alguien, Dios. El nombre nos pone en referencia a un ser humano como nosotros, que supo darle sentido de trascendencia a su vida pasajera, corta o larga en este mundo terrenal. En esta tierra, si somos alguien es por pura Gracia de Dios.

Cuando en el Evangelio de hoy se nos regalan las bienaventuranzas, se nos invita a escuchar la enseñanza de Jesucristo, desde una perspectiva que nos descoloca. Son los que sufren, los que lloran, los pobres de espíritu, los mansos, los misericordiosos, los perseguidos por su causa… En fin, los que según los criterios de este mundo se les desprecia y a los que se les arranca. ¡¡A estos el Señor les promete todo!! Ya aquí en este mundo: paz, consuelo, lo necesario; y en la Vida Eterna… ¡verán a Dios! ¿Cómo no trabajar por la paz en un mundo de discordias y conflictos? 

El Señor nos compromete y nos invita a trabajar por su “Causa”. ¿A qué costo? A riesgo de insultos, persecuciones y calumnias, pero seguros de que “mi Reino no es de este mundo”. Nos invita a mirar al Cielo, sabiendo que esta tierra es pasajera y que la plenitud la encontramos en quien es Pleno. ¿Cómo vivir entonces esta vida pasajera con sentido de eternidad? En un Chile que acaba de elegir a sus autoridades comunales y del gobierno regional, preguntémonos qué rol nos toca a nosotros en la construcción del Chile que queremos. No pensemos que con las rayas que hicimos basta, y ahora sigo en lo mío y qué ellos arreglen los problemas…

Tampoco pensemos que somos incapaces de hacer algo nosotros.  Es claro que si el Señor nos ha regalado ser hijos de esta tierra y en estos tiempos, es porque cuenta con nosotros para “construir el Reino” hoy, aquí y ahora, con las pequeñas cosas de cada día. Así como la santidad se fragua a fuego lento en las pequeñas cosas del día a día, así también con los criterios y especificaciones técnicas que el Señor nos ha regalado en el “masterplan” en los evangelios, estamos llamados a transformar el mundo.

Los Santos se la jugaron en lo pequeño. No son santos por lo que hicieron –y eso que algunos hicieron mucho–, son santos porque supieron entrar en relación personal e íntima con el Señor, creyeron en su “masterplan” y con lo que sabían se pusieron a su servicio para ayudar desde su experiencia y conocimiento, sin buscar los primeros puestos. En esto la clave es ser peón y no rey, subalterno y no jefe. Él, siendo Dios, se nos regaló como hombre, para mostrarnos cómo ser hombres de verdad. Siendo Maestro, se nos regaló como servidor, para enseñarnos que hay más alegría en dar que en recibir y en el servir que en el ser servido. 

Pidámosles a nuestros Santos patronos que nos ayuden a captar en las tareas y acontecimientos sencillos de cada día los caminos que nos toca a nosotros, lo propio, a nuestra “escala”: primero en la familia, luego en el trabajo y en donde el Señor nos necesite y nos toque en medio de la sociedad, para ayudarle a transformar este mundo. Pongamos lo que somos, sabemos en manos del Señor, Él sabrá hacer maravillas con lo que le dé. Yo jamás me lo imaginaría. 

Los Santos nunca se sintieron Santos. Sabían muy bien sus pequeñeces y luchaban cada día por mejorar de cara al que los amó primero. En esa lucha diaria se fueron encontrando y entregando al Señor que nunca los dejó solos y los apoyó en todo. A ese Socio hay que invitar cada día a las labores que cada uno emprenda. Nada sin Él y todo para Él. Mira que desnudo llegué y con lo puesto partiré. Las cosas aquí se quedan, pero si encontré aquí al Señor, a Él nadie me lo puede quitar, y con Él a su Casa entraré.