08 Mar 2016

Álvaro Pezoa – Entre falta de escrúpulos y ambición codiciosa

El caso AC Inversions permite diversas lecturas y asociaciones de ideas, entre ellas las relacionadas a la falta de educación financiera de la ciudadanía y a la necesidad de eventuales mejoras en los sistemas regulatorios y de control.

Se ha escrito abundantemente sobre ambos aspectos durante los últimos días. Empero, en estas líneas se quiere poner el acento en las dimensiones éticas que claramente se aprecian en el mismo. De una parte, la más obvia, esto es, la existencia de individuos inescrupulosos dispuestos a montar y llevar adelante un negocio fraudulento desde su origen. La falta moral es aquí evidente al tiempo que grave, tanto por su materia, como repercusiones y alcances. Con todo, se debe tener en cuenta que siempre habrá en la sociedad un número minoritario de personas que no conocen límites éticos, dispuesto a abusar de los demás en algún ámbito. Este es un hecho irredargüible, tan cierto como lamentable. El pasado da, por lo demás, sobradas muestras de esta realidad. Tanto en Chile (Eurolatina, “la cutufa”, “quesitos”, etc.) como en el extranjero (affaire Madoff, por ejemplo), ha sido frecuente el desarrollo de situaciones de esta índole, las que pueden ser incluidas derechamente en la categoría delictual.

Por otra, en la sola posibilidad de ocurrencia efectiva de este tipo de estafas masivas parece hallarse presente un grado importante de ambición desmedida de beneficios, sino de abierta codicia, por parte de un sector mucho mayor de la población. Esta última arista del caso en comento merece particular atención, aunque su tratamiento resulte socialmente menos “políticamente correcto” que las anteriores, puesto que aun habiendo individuos interesados en engañar a terceros, sus intenciones no podrían cuajar sin la correlativa existencia de otras personas susceptibles de ser embaucadas. Al respecto se suele aducir la carencia de educación financiera entre las últimas como causa de una suerte de ignorancia invencible que facilitaría a los facinerosos la concreción de esta laya de ilícitos. Desde luego no puede ser negada totalmente alguna influencia de ese orden en la ocurrencia de los hechos que aquí interesan. Sin embargo, resulta francamente difícil asignarle a ella un impacto relevante en la realización de los mismos. En primer lugar, porque los afectados por AC Inversions son personas provenientes de diversas condiciones sociales y culturales. En segundo término, por el llamativo nivel de informalidad que destacaba en la pretendida empresa financiera y, por último, debido a la manifiesta desproporción entre la rentabilidad que ella ofrecía a sus clientes (entre 10 y 20 veces mayor) en comparación con las que, en promedio, eran entregadas por el conjunto del sistema financiero. Puestos en su lugar, era de mínimo sentido común haberse extrañado antes la promesa de tan desmesuradas ganancias sobre la inversión, salvo claro que se hubiese tratado de esperar un auténtico milagro.

El origen real de las desmedidamente riesgosas conductas de inversión seguidas por parte de las personas perjudicadas parece encontrarse en la búsqueda de “plata fácil”, o sea, en una ambición codiciosa, tendencia moral desordenada con la que siempre deberá lidiar la naturaleza humana. Podrá argumentarse, con razón, que las mencionadas debilidades también jugaron un papel decisivo en casos pasados de similares características. Es verdad. Sin embargo, es preciso también preguntarse en qué medida el exitismo materialista imperante en la sociedad contemporánea, y en la chilena en particular, estarían facilitando y ampliando las posibilidades de que haya personas que se sientan impelidas a adoptar decisiones resueltamente imprudentes e insensatas como las que han quedado al descubierto durante los últimos días. Inclinaciones que únicamente pueden ser morigeradas por un cambio cultural, y en último extremo siempre personal, que sitúe las apetencias materiales en el lugar que corresponde en una vida humana lograda, dejando espacio para el cultivo de valores humanos superiores que las ordenen y reduzcan a su justa medida. La consideración del sentido último de la vida humana, así como de la necesidad de alcanzar prioritariamente bienes del espíritu (culturales, éticos, estéticos, sociales, religiosos, etc.) y no sólo materiales para poder acercarse a la plenitud personal, y de lo imprescindible que resulta la formación en los hábitos morales de la fortaleza y la templanza para encauzar con rectitud las propias acciones -junto a otros tantos aspectos de similar naturaleza-, adquiere enorme actualidad si se desea verdaderamente reducir la posibilidad de que se repitan sucesos parecidos a los que ocupan ahora la atención pública.

Se trata de materias de suficiente importancia para el devenir de la patria como para ser dignas de merecer mayor atención por parte de todos sus hijos y, en especial, de sus intelectuales y líderes de opinión.

Publicación: Pulso, martes 8 de marzo de 2016.
*El autor es profesor Titular Cátedra de Ética y Responsabilidad Empresarial ESE Business School, Universidad de los Andes.