01 Nov 2015

Álvaro Pezoa – El papel de la ética

LA NOTICIA ha causado fuerte impacto en Chile: ¡colusión! por más de diez años en el mercado del papel tisú. Involucrada CMPC, una de las empresas más prestigiosas de la industria nacional.

Y, con ella, empresarios y directivos que habían disfrutado por décadas de una reputación de seriedad y rectitud.

Entre las numerosas y variadas consideraciones que se han efectuado durante los días siguientes al conocimiento público de los hechos ha faltado enfatizar mayormente que lo fundamental de la ética es su valor intrínseco: la verdadera razón para actuar bien es la plenitud humana asociada a las conductas libres de las personas. Las acciones que estas últimas realizan pueden contribuir a hacerlas mejores o peores y, de paso, ayudan o dificultan el buen desarrollo de aquellas otras con que interactúan. Cualquier disquisición adicional sobre la moral es secundaria en relación con esta. 

¿Por qué motivo se debe actuar bien, entonces? Sencillamente porque es bueno -valioso- en sí mismo hacerlo. Y para realizar prácticamente el bien se requiere de una conciencia moral formada y de la fuerza de carácter -virtud- necesaria para obrar aquello que la recta conciencia indica. Para el adecuado uso de la libertad se requiere entonces saber juzgar qué es lo bueno o malo ante una decisión y sus consiguientes acciones y luego ser capaz de actuar lo primero. Ni más, ni menos. De eso se trata la ética. 

Las normas establecidas por la ley positiva y las regulaciones, los usos habitualmente aceptados en los mercados, la conveniencia económica de las partes, las presiones que se afrontan en la competencia comercial, son todos aspectos relevantes a ser tenidos en cuenta a la hora de efectuar una decisión y actuar. Es más, de hecho sirven para el análisis, la deliberación y la emisión de juicios morales, pero nunca reemplazan aquello que es medular, esto es, la búsqueda del mayor bien común objetivo posible en cada circunstancia concreta y particular. Por lo mismo, surge la pregunta acerca de qué factores pueden haber conducido al grupo de altos directivos enredados en esta historia a cometer las faltas a la ética que han transformado este caso en tema de debate para millones de conciudadanos. ¿Ha habido insuficiente formación de sus propias conciencias?, ¿o ellos han tenido la claridad necesaria para discernir entre lo correcto y lo incorrecto, pero les ha faltado la prudencia y la fortaleza para hacer lo que sabían y debían?, ¿ha sido la tentación de los beneficios asociados a un acuerdo entre empresas superior a la convicción de sus líderes respecto a la importancia de respetar la libre concurrencia en materia económica?, ¿o es que pensando en el bien de los consumidores, a través del establecimiento de un cártel han querido evitar que la industria derivara en un monopolio? ¿O lisa y llanamente pensaron que la actividad económica es completamente independiente respecto a la ética y no se haya sujeta a ella?

Cualesquira sean las ideas y pulsiones que gatillaron este affaire, lo cierto es que se cometieron errores al tiempo que se incurrió en faltas morales. Por supuesto, estas no contribuyeron a la grandeza de sus autores, ni favorecieron a los clientes y, casi con seguridad, tampoco al comercio ligado a la distribución de los productos. Como consecuencia general y de amplio impacto, se ha afectado la fe pública y con ella se ha ahondado la desconfianza existente en las empresas, los empresarios y los dirigentes de negocios. Se ha dado un mal ejemplo que enloda toda una esfera del quehacer patrio, por demás imprescindible para continuar por la senda del crecimiento y el desarrollo del país. El daño generado por este caso a la actividad económicoempresarial configura una suerte de externalidad negativa de insondables consecuencias. Francamente, ¡no hay derecho! a tan reprochable e irresponsable proceder, con notas de egoísta codicia.

El papel de la ética vivida consiste precisamente en orientar las decisiones y acciones hacia la consecución del bien y, como lógica consecuencia, hacia la evitación del mal. Toda actividad práctica donde se despliegue la libertad está supeditada a la moral, manifestada en sus dimensiones personal y social. Esto es de elemental sentido común. Sin embargo, pareciera que este se halla en un acelerado proceso de dilución en la sociedad chilena, al punto de que su ausencia está deviniendo en un problema mayor. La secuencia de escándalos morales que ha salido a la luz pública durante los últimos meses, coronado por el ahora en comento, así parecen corroborarlo. ¡Es hora de decir basta!, aplicar sanciones y fijar reparaciones proporcionadas a los estropicios causados. Las faltas a la ética de alto impacto social no pueden quedar impunes de sanción, sea esta legal, social o de pares.

Juntamente corresponde trabajar en la mejora de todo aquello que sea necesario para reducir la posibilidad de ocurrencia de situaciones similares: normativa legal, sistemas de prevención y control, gobiernos corporativos, etcétera. Sin desmedro de lo anterior, resulta particularmente fundamental abordar la educación ética tempranamente y en todas las instancias que sea pertinente, en especial entre quienes por sus estudios o tareas se encuentren llamados en algún momento a ejercer funciones directivas en la sociedad y los negocios. En último extremo, más allá de cualquier artilugio sistémico, la moralidad de las conductas siempre descansará sobre los principios y las costumbres de las personas, quienes son las titulares de la libertad y de la responsabilidad en su uso. 

Publicación: Pulso, martes 10 de noviembre de 2015.