31 Jul 2024

El mercado y la apertura a la solidaridad — Juan Ignacio González E.

Las realidades de tensión y violencia que vivimos en el mundo actual, con sus guerras y masacres, con una inestabilidad social muy evidente, especialmente por la violencia homicida en las calles y la incapacidad de hacerle frente con eficacia, como sucede en nuestra Patria, tiene muchas aristas de análisis. Pero una de ellas, que nos puede afectar a todos es aislarse, meterse en el mundo propio; de la familia, la empresa o el propio grupo social a que se pertenece y abandonar la búsqueda de caminos de paz y concordia. El mundo que vivimos, marcado por el individualismo, con facilidad nos puede llevar a ello, y a vivir como aquella ave que escondía su cabeza en tierra para no ver el peligro. Y así, esperar mejores tiempos.

Pero los tiempos difíciles son tiempos de audacia, especialmente para aquellos que han sido bendecidos con la posesión de inteligencia, capacidades o de bienes, que, en estas horas, se muestran especialmente necesarios para acudir en ayuda de los demás, y en particular de los que por las crisis que vivimos, lo pasan mal y no tienen redes ni contactos. Los que llamamos descartados de la sociedad. Hay ejemplos maravillosos de empresarios grandes y pequeños que así lo comprenden. Ver, por ejemplo, los comedores populares que habitualmente existen en nuestras obras sociales, en parroquias u otras instituciones del tejido social siempre abastecidos de lo esencial, es motivo de gran consuelo. La solidaridad de la cual tanto nos habló San Alberto Hurtado, se expansiona de una manera asombrosa, que de alguna manera se multiplican los panes y los peces. El Papa Benedicto XVI reiteró con mucha fuerza que la justicia social exige de la caridad, del don gratuito, que se entrega sin esperar nada y que hace posible el bien común. La vía de esperarlo todo del Estado, especialmente en tiempos de dificultad, nunca logrará satisfacer las necesidades urgentes. El camino de expansionar la caridad por medio de un sistema donde ésta tenga un adecuado desarrollo es un complemento totalmente necesario. Ya tenemos comprobado que la teoría del “chorreo” no pone fin a las necesidades más elementales de los que lo pasan mal.

La vía de la caridad exige impulso, generosidad y aprender a pensar siempre en los demás, que es la esencia del ethos cristiano. Y el esquema de desarrollo que hemos impulsado en muchas de las economías occidentales han llevado –generalmente– a un pensamiento muy individualista, en que el propio interés está por sobre el de los demás. Lo mismo cabe decir de las economías que tienden al centralismo, que no logran llegar a tiempo a las necesidades que muchas veces son esenciales.

Como enseñó el Papa Benedicto, “si hay confianza recíproca y generalizada, el mercado es la institución económica que permite el encuentro entre las personas, como agentes económicos que utilizan el contrato como norma de sus relaciones y que intercambian bienes y servicios de consumo para satisfacer sus necesidades y deseos. El mercado está sujeto a los principios de la llamada justicia conmutativa, que regula precisamente la relación entre dar y recibir entre iguales. Pero la doctrina social de la Iglesia no ha dejado nunca de subrayar la importancia de la justicia distributiva y de la justicia social para la economía de mercado, no sólo porque está dentro de un contexto social y político más amplio, sino también por la trama de relaciones en que se desenvuelve. En efecto, si el mercado se rige únicamente por el principio de la equivalencia del valor de los bienes que se intercambian, no llega a producir la cohesión social que necesita para su buen funcionamiento. Sin formas internas de solidaridad y de confianza recíproca, el mercado no puede cumplir plenamente su propia función económica. Hoy, precisamente esta confianza ha fallado, y esta pérdida de confianza es algo realmente grave” (Caritas in veritate, 35). Quizá es el momento de avanzar en esas confianzas y ello es responsabilidad de todos los actores involucrados en el proceso económico.