Él hará su obra con nosotros – P. Felipe Herrera
El pasaje de la Sagrada Escritura que nos propone la Iglesia este domingo nos conduce a orillas del Mar de Galilea, allí donde cientos de hombres se ganaban la vida con gran esfuerzo, pescando antes de que clareara el alba. Es en ese escenario en el norte de Palestina donde una mañana Jesús hizo resonar su Buena Nueva de Misericordia y atrajo a una ingente muchedumbre a escuchar con atención su enseñanza llena de autoridad.
¡Cuán convincente habrá sido la narrativa del Maestro, que un experto pescador como Simón Pedro confió más en su Palabra que en su propia pericia con las redes, y accedió a tirarlas al mar aún a plena luz del día! Y así, ante una multitud estupefacta, ocurrió el milagro de una pesca sobreabundante hasta el extremo. El Señor hizo su obra sirviéndose del oficio de un hombre rudo y pecador, pero también lo suficientemente abierto al asombro como para entender que lo que acontecía era una gracia de Dios, un regalo que él creía no merecer. ¿Se puede acaso merecer lo que se nos da gratis? Mucho le costó a Pedro comprender la gratuidad del amor de Dios, que solo pide ser acogido en nuestras vidas para sanar nuestras heridas. Mucho nos cuesta también a nosotros.
Tal vez tampoco le fue fácil a este apóstol entender eso de “de ahora en adelante serás pescador de hombres”. Jesús lo llamaba a algo nuevo, pero en continuidad con su historia, porque no quería borrar nada, sino asumir toda la humanidad de ese Pedro frágil, así como la de cada uno de nosotros. En otras palabras, el Señor invitó a Pedro a disponer todo su know-how al servicio de la sociedad, como si le dijese “aquello que hasta hoy has hecho y gestionado tan bien para ti y para tu familia, ahora lo realizarás también para los demás, porque junto a mí darás frutos abundantes”. La respuesta de Pedro y de quienes estaban con él no se hizo esperar: “Ellos atracaron las barcas a la orilla y, abandonándolo todo, lo siguieron”.
Esa vocación a ser pescadores de hombres también se dirige hoy a nosotros, dotados de distintas capacidades según lo que la vida nos ha enseñado, según la formación que hemos recibido, según las experiencias que nos han ido modelando. Es a partir de eso, de nuestra historia concreta, que Dios quiere manifestar su Reino de justicia y paz en el mundo, haciéndose presente con su amor por medio de nuestras obras cotidianas. Que nuestra debilidad no nos amilane, pues basta nuestra respuesta confiada y nuestra conciencia de que allí donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. El resto ya nos lo revela el Evangelio: Él hará su obra con nosotros.

