“Más que cualquiera de los otros” – P. Felipe Herrera
Lo que para la mirada humana parecía insignificante, miserable, a los ojos de Jesús fue el máximo don y por eso Él quiso destacarlo. La ofrenda de la viuda al erario del Templo de Jerusalén fue hecha a partir “de su indigencia”, y pese a su estado de precariedad, movida por amor a Dios, se despojó de “todo lo que tenía para vivir”. Prefigurando la entrega absoluta de Cristo en la cruz, ella no se reservó nada para sí misma.
El Evangelio de este domingo nos recuerda la actitud esencial a la que estamos llamados todos los cristianos: la configuración con Jesucristo que se ofrece sin reservas a Dios por la salvación, por el bien de toda la humanidad. El descentramiento de nosotros mismos permite que no solo Dios, sino que todos los demás encuentren un lugar relevante en nuestros corazones y, por ende, nos dispone a aquella compasión que debería regir nuestras relaciones humanas y sociales, partiendo de la clara conciencia de que, como hijos de un mismo Padre, todos somos hermanos iguales en dignidad.
El camino del abajamiento personal, de la renuncia a sí mismo, tantas veces proclamado en la Iglesia, pero poco asumido y ejercido por nosotros, es hoy el único antídoto contra una cultura del individualismo que lacera cada vez más a la sociedad. Los niveles de polarización política que observamos, y de los cuales probablemente participamos, son una muestra de que cada cual quiere llevar el agua para su propio molino, olvidándose por completo del resto de los actores sociales, al menos de aquellos que piensan diferente. El camino señalado por Jesús es el opuesto, es el de la inclusión, el de amarse a sí mismo y a los demás y, por supuesto, a Dios.
Esto implica la difícil tarea, primero personal y después colectiva, de transitar desde la búsqueda exclusiva del bien propio a la promoción del bien común que, necesariamente, implica el desprendimiento. Y no de un desprendimiento superfluo, como el de los ricos del evangelio que “daban en abundancia”, pero sin generar cambios sustanciales. Puede ser que las dos monedas de cobre de la viuda tampoco implicaban un cambio estructural, pero su actitud era la correcta, la de la solidaridad, aquella que en el corazón de los demás hubiese hecho presente el Reino de Dios y su justicia. Por eso el Señor no dudó en decir que ella “dio más que cualquiera de los otros”. ¿Estamos nosotros, como discípulos de Jesús, en esa misma sintonía?

