30° Aniversario de la visita de Juan Pablo II a Chile: “¡Sed solidarios por encima de todo!”
El 1 de abril de 1987, el entonces Papa Juan Pablo II visitó nuestro país, en el marco de su trigésimo tercer viaje apostólico. Durante 6 días el Pontífice cumplió con una intensa agenda, tanto en la capital como en regiones. Entre las actividades que desarrolló destacaron la ceremonia de bendición a Chile, el encuentro con los vecinos de la Población La Bandera, con los jóvenes en el Estadio Nacional y su discurso ante representantes de las Naciones Unidas en la Sede de la Cepal en Santiago, en el que llamó a los dirigentes de la empresa privada a trabajar arduamente para contribuir al crecimiento del país.l 1 de abril de 1987, el entonces Papa Juan Pablo II visitó nuestro país, en el marco de su trigésimo tercer viaje apostólico. Durante 6 días el Pontífice cumplió con una intensa agenda, tanto en la capital como en regiones. Entre las actividades que desarrolló destacaron la ceremonia de bendición a Chile, el encuentro con los vecinos de la Población La Bandera, con los jóvenes en el Estadio Nacional y su discurso ante representantes de las Naciones Unidas en la Sede de la Cepal en Santiago, en el que llamó a los dirigentes de la empresa privada a trabajar arduamente para contribuir al crecimiento del país.
Han pasado 30 años de la venida del Papa Juan Pablo II a Chile y los temas que a él le preocuparon ayer, siguen tan vigentes como entonces. La valoración de los trabajadores de forma integral, la urgencia de contar con un sistema económico más solidario e inclusivo, son tareas en las que hemos avanzado, pero en las que aún queda mucho por hacer. Por ello, incluso después de tres décadas, sus reflexiones continúan teniendo asidero y nos invitan a repensar la forma en la que estamos haciendo las cosas, las motivaciones que nos llevan a actuar y de qué manera podemos responder mejor a las necesidades de la sociedad actual.
“Los pobres no pueden esperar”
En un momento de altas tensiones sociales, la visita del Papa Juan Pablo II en abril de 1987 impactó significativamente en la conciencia de los chilenos. Sus palabras fueron un bálsamo que, de alguna forma, iluminó los corazones, haciéndonos reflexionar sobre temas relevantes para toda la sociedad, sobre todo para los más desprotegidos.
Famosa es la frase que pronunciara ante una multitudinaria audiencia y por la cual es recordado hasta el día de hoy: “¡Los pobres no pueden esperar! Los que nada tienen no pueden aguardar un alivio que les llegue por una especie de rebalse de la prosperidad generalizada de la sociedad”, afirmación que complementó con énfasis, diciendo: “La solidaridad como actitud de fondo implica, en las decisiones económicas, sentir la pobreza ajena como propia, hacer carne de uno mismo la miseria de los marginados y, a la vista de ello, actuar con rigurosa coherencia”.
El rol del empresariado
Para el entonces Papa, la responsabilidad en cuanto a la superación de la pobreza era una tarea conjunta entre las autoridades estatales y los dirigentes empresariales: “Pero Estado y empresa privada están constituidos finalmente por personas. Quiero subrayar esta dimensión ética y personalista de los agentes económicos. Mi llamado, pues, toma la forma de un imperativo moral: ¡Sed solidarios por encima de todo!”.
En este sentido, recalcó que “la autoridad pública no puede abdicar de la dirección superior del proceso económico, de su capacidad para movilizar las fuerzas de la nación, para sanear ciertas deficiencias características de las economías en desarrollo, y en suma, de su responsabilidad final con vistas al bien común de la sociedad entera”. Sin embargo, también hizo hincapié en que “el desafío de la miseria es de tal magnitud, que para superarlo hay que recurrir a fondo al dinamismo y a la creatividad de la empresa privada, a toda su potencial eficacia, a su capacidad de asignación eficiente de los recursos y a la plenitud de sus energías renovadoras”.
Por último, coronó su mensaje con una reflexión que debe guiarnos en el día a día, para que desde nuestro trabajo contribuyamos a construir un mejor país para todos: “Podéis estar convencidos de que la fraternidad entre los hombres y la colaboración para construir una sociedad justa no es una utopía, sino el resultado del esfuerzo de todos a favor del bien común”.
