28 Mar 2016

Claudio Hohmann – Culturas corporativas: el origen del problema

Las empresas están ahora expuestas a un escrutinio cruzado por parte de múltiples agentes en el mercado.

La seguidilla de escándalos corporativos que han tenido lugar en nuestro país en los últimos años han llevado a muchos a la discutible conclusión que el capitalismo -y, por ende, la modernización capitalista que ha experimentado Chile en las últimas tres décadas- se encuentra en crisis y debe ser superado por alguna forma de organización que nadie ha sido capaz de formular todavía. El Estado, al que algunos vuelven la mirada cuando el mercado parece fallar ostensiblemente, ha sido particularmente incompetente en la provisión de muchos de los productos y servicios que demanda una sociedad. Y, lo que es peor, tampoco está libre de sus propias y graves fallas en materia de ética y cumplimiento.

Sin restar gravedad a los hechos que se han conocido últimamente, creo que la explicación de los fraudes empresariales no se encuentra en supuestas fallas del capitalismo propiamente tal o del sistema de libre mercado. La causa es mucho menos dramática y harto más plausible. Todo indica que a medida que la modernización capitalista en Chile tomaba mayor impulso con el advenimiento del nuevo milenio, ella no fue acompañada de la necesaria adaptación y evolución de las culturas corporativas nacidas en la década de los 80 y consolidadas en la década siguiente, cuando la mayoría de las actuales empresas chilenas de gran tamaño alcanzaron ese status. Es así que estas se adentraron en el siglo 21 con las mismas estructuras y funciones corporativas de antes, es decir, directorios y gerencias tradicionales comportándose como si nada hubiera cambiado mayormente desde entonces. La mayoría de las culturas de administración de estilo vertical, con altos grados de homogeneidad de género y de origen en la composición de sus gobiernos corporativos, indiferentes a la diversidad y al cuidado del medioambiente, se mantuvieron prácticamente inalteradas cuando ya se cumplía la primera década del nuevo siglo.

Pero ya sabemos que los cambios han sido radicales y han ocurrido en un tiempo relativamente corto. Por ejemplo, en materia de transparencia, allí donde todavía reinaba la opacidad a fines del siglo pasado, se ha hecho la luz a raudales en años recientes. Las empresas están ahora expuestas a un escrutinio cruzado por parte de múltiples agentes en el mercado, capaces de develar sus secretos mejor guardados. En inversa proporción a esa súbita transparencia, ha disminuido la tolerancia para las faltas a la ética y cumplimiento de normas. La permisividad a los conflictos de interés del siglo 20 ha devenido actualmente en un abierto rechazo. Lo que entonces fue tolerado, incluso porque solo unos pocos podían saberlo, ahora es penalizado en la plaza pública de las redes sociales antes que la justicia haga su paciente trabajo. Las percepciones se toman la escena desplazando al juicio razonado y se convierten en realidades masivas difíciles de revertir. Mientras tanto, lo que parecía un ruido lejano proveniente de las economías más desarrolladas -el cuidado por el medioambiente y la ecología- se transforma en un tema planetario, pero también con expresiones locales que las empresas chilenas ya no pueden soslayar.

¿Qué tipo de gobierno corporativo y cuáles funciones debían hacerse cargo de estos nuevos y severos desafíos? La respuesta fue asombrosamente pobre y limitada en relación con la magnitud de los problemas que asomaban sus destellos en los albores del siglo 21. De pronto la responsabilidad social empresarial pareció la estrategia perfecta para encarar los desafíos planteados por los grupos de interés y las comunidades. Relativamente poco onerosa y de fácil acomodación en la estructura organizacional (casi siempre adosada en la marginalidad de la gestión estratégica), la RSE fue en realidad un calmante mientras la brecha de capacidad para gestionar adecuadamente la nueva complejidad, en vez de disminuir, siguió creciendo silenciosamente.

Pero el problema era mucho más profundo: estaba en la cultura corporativa, que no se había hecho cargo de los desafíos que se dejaron ver con el cambio de siglo. La buena noticia es que cuando las empresas adoptan una estrategia para mitigar un riesgo, penetrando en la cultura corporativa y expresándose en su organización, alcanzan un ambiente de control con cierta rapidez. En este caso les permitirá evitar una de esas tormentas perfectas que de cuando en cuando se dejan caer sobre ellas con efectos devastadores. Entender y desentrañar este fenómeno se ha constituido en una tarea urgente, sobre todo para las más grandes y expuestas al riesgo reputacional.

Publicación: Pulso, lunes 28 de marzo de 2016.